19 de marzo de 2010
Carta abierta a los empresarios de Yecla
6 de marzo de 2010
"Me gustaría volver a Haití para ayudar en la reconstrucción"
6 de febrero de 2010
Corre, corre, niño de arena
Entender una guerra. Piénsenlo. Entender una guerra. ¿Hay algo más complicado? La televisión nos muestra las imágenes, nos permite escuchar los aullidos. Pero no nos ofrece lo más importante. El hedor. El hedor a muerte y a desesperación. Quien no haya estado en una guerra no podrá nunca decir que sabe qué es una guerra. ¿Hay algo más crudo para el ser humano? Creo que sí. Perder la guerra y vivir para contarlo. Sometido a un régimen opresor. En una posguerra las balas no caen por doquier. Las granadas no sorprenden con su silbido de muerte. Pero si has perdido, el miedo no se va. Sabes que si escuchas una bala perdida, tienes todas las papeletas de ser el blanco elegido. Antonio Martinez i Ferrer (Alzira, 1939) nunca vivió una guerra. Pero fue objetivo de esas balas perdidas durante muchos años. Su padre, yeclano, fusilado. Martinez i Ferrer se cobijó en su Alzira natal a la espera de tiempos mejores. Su infancia siempre estuvo atravesada por esa pérdida. De los 11 a los 15 años trabajó en el campo, en la recogida de la naranja y en los almacenes de comercialización, y de los 15 años a su jubilación en una empresa de artes gráficas. Entre medias, mucha vida, marcada por una temprana militancia partidaria y sindical sumida en la soledad del exilio, la omnipresencia del miedo y la sombra del dolor de los suyos.
Por cierto, se me olvidaba, desde su jubilación hasta hoy, poeta.
Durante los años 60 y 70, Antonio fue un luchador antifranquista. Su amigo, el también poeta José Viñals, lo describe así en el prólogo de El rumor del patio, primer libro de Martinez i Ferrer, publicado en 2003: “Tengo el alto honor y la dignidad de ser amigo de un hombre bueno, íntegramente bueno e íntegramente íntegro. Un hombre noble, un hombre honrado, un hombre limpio. Un hombre de palabra, lo que es mucho decir pues pocos quedan ya. Y un hombre de lucha, en el más alto y claro de los sentidos. Un hombre comprometido con su pueblo, un luchador antifranquista, un luchador por el socialismo, la justicia y la libertad, que vivió a fondo la dura experiencia de la clandestinidad y el exilio desde los orígenes mismos del franquismo”.
Pero tras tanto sufrimiento, el poeta volvió a su tierra. Hoy, a los 70 años, Martinez i Ferrer vive en Alzira junto a su inseparable e incasable luchadora Antoñita, con quien ha compartido toda una vida. Les acompañan sus perros, una veintena de gatos, sus naranjos, sus plantas, su patio.
La casa de Antonio homenajea claramente a Gaudí
Hace una semana, tuve la suerte de asistir en el Ateneo de Madrid a la presentación de dos poemarios del artista: Efectos secundarios y Corre, corre, niño de arena.Conmovedor. Un poeta que deshace, que desentierra.
Corre, corre niño de arena, dedicado a los niños de arena de la guerra de Irak, es una perfecta metáfora de la infancia de Antonio. Una infancia sin infancia. Sin juegos y sin risas. Donde no se puede más que correr. Porque la poesía de Antonio es rabiosa, es protesta. “Protesta ante unas efectivas estructuras de poder que además de sostener las desigualdades del presente, avanzan en un holocausto que es destrucción de los otros y aniquilación del planeta”, concreta el poeta Arturo Borra.
Mientras escuchaba a Antonio leer parte de su poemario fui capaz de trasladarme. De viajar. Porque su poética se mueve a partir de fogonazos, de ráfagas de imágenes, de detalles significativos. Los niños, la arena, la angustia, el terror, las bombas. Tuve la sensación de escuchar en su poesía la voz de los desprotegidos. Pude ver en su tenacidad poética, en su fuerza expresiva y en el temblor de su voz grave un refugio acogedor para esos niños de la guerra. Por eso, Corre, corre niño de arena es un libro dedicado a los niños de los misiles y las plazas, a aquellos que nadie pone nombre porque el futuro está muerto para ellos. Son niños con más muerte que vida. Crecer entre sangre, dolor y olor nauseabundo, no es crecer. Por desgracia, en Irak, y en muchos otros países, no hay otra forma de crecer. Paradójico. Antonio, que usa bastón para caminar, pide a este niño que corra. Que huya. La infancia del poeta hecha poesía. Su poesía. Han pasado 70 años, pero todavía hay muchos niños que no pueden dejar de correr.
Os dejo parte de este poemario:
Desde todas las distancias,
acuden pájaros
con hambre de sangre.
las factorías del terror
no reposan.
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El aire
escribe metáforas
para esconder el miedo.
corre niño de arena
donde el invasor no te vea.
Las hojas del tardío invierno
despertaban con el trueno
el niño de arena
temblaba con letras de agonía.
La metralla
buscaba corazones
donde pernoctar
del olvido
se pierden
las palabras de cantar la vida
¿Por qué los recuerdos
ya no son recuerdos?
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Antonio Martinez y Ferrer ha pubicado
En castellano:
El rumor del patio (Germanía 2003)
El grito del oasis (Ateneo Obrero de Gijón, 2007)
Efectos secundarios - Efeitos secundários (Edición bilingüe en castellano y portugués - Cantoescuro 2008)
Corre, corre niño de arena (publicado en 2006, reeditado en 2009 por Ediciones de Baile del Sol)
En valenciano:
Corre corre xiquet d'arena, Angoixa y el Soroll del pati (Germania 2006)
Para más información, visite su blog: Voces y miradas
El artículo original en elperiodicodeyecla.com
15 de enero de 2010
El impresentable de Munilla

Reconozco que hoy escribo con un poco de odio. Un odio que va dirigido hacia una parte de la Iglesia que cada vez me resulta más repugnante. Esa Iglesia formada por los obispos más radicales y trasnochados, entre los que, desde hace poco, resalta como abanderado el ultraconservador prelado de San Sebastián, José Ignacio Munilla. Este señor, por llamarle de alguna forma, se une por todo lo alto al grupo de radicales de la Iglesia encabezado por monseñor Rouco Varela, pero donde hay personajes tan impresentables como el arzobispo de Granada, Javier Martínez, que hace unos días soltó la siguiente perla: “La mujer que aborte, por matar a un niño indefenso, da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar de su cuerpo”. Pero no acabó ahí la cosa, pues el señor Martínez comparó la Ley del Aborto con el régimen de Hitler, alegando que los crímenes nazis no eran tan “repugnantes” como los que permite cometer dicha ley. Un aplauso, por favor.
Pero Munilla se lleva la palma. El obispo de San Sebastián, que ha protagonizado un nombramiento no falto de polémica por su faceta ultraconservadora, soltó ayer unas declaraciones que son dignas, cuanto menos, de censura y reprobio. Imagino que ya las habrán leído o escuchado, pero si no es así, agárrense: “Nos lamentamos mucho de los pobres de Haití, pero además de poner toda nuestra solidaridad en ayudar a los pobres o nuestros medios económicos, etc., también deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de vida. Quizá es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes están sufriendo".
Y lo he copiado literalmente para que ningún resabiado me pueda decir que estoy manipulando las declaraciones del obispo. ¿No les parece impresionante? Si fuera católico me sentiría avergonzado de que una persona que dice representar mis creencias se expresara de tal forma. ¿No es increíble? Ahora el señor Munilla se intenta excusar diciendo que los periodistas sacaron sus declaraciones de contexto. Pues sinceramente, la declaración está copiada tal cual y creo que hay poco que manipular. Me gustaría que este señor, como representante de la Iglesia, que se fundamenta en valores de solidaridad y amor al prójimo, se diera una vuelta por Haití. No voy a ser tan demagogo diciendo que debería ceder parte de su patrimonio a los más necesitados, pero sí me gustaría decirle al señor Munilla que si tiene lo que hay que tener, contacte, por ejemplo, con sor Pilar, la misionera que lleva 33 años en Haití, ayudando a una población que, desde siempre, ha estado marginada del resto del mundo. Le pido al obispo de San Sebastián, que seguro que estará reposando en su confortable oficina, que llame a sor Pilar y le diga que lo de Haití no es nada comparado con el problema espiritual que viven los españoles.
O que hable con sor Natalia, que se encargaba cada día de alimentar a miles de madres y niños en Puerto Príncipe, y que está viva de milagro. Que ha visto desde hace años morir a niños por sida y por malaria sin poder hacer nada por remediarlo. Y que ahora, por un devastador terremoto, ve los cuerpos sin vida de esos niños a los que tanto costó sacar adelante. Esta es la verdadera Iglesia. No la que busca púlpitos con el objetivo de promulgar mítines políticos. La que no monta manifestaciones en pro de unos valores desfasados y trasnochados.
La verdadera Iglesia es la que defiende al más necesitado, la que ayuda, de verdad, a los desvalidos. No la que predican ni monseñor Rouco Varela, ni el obispo Munilla, ni el arzobispo de Granada, ni el sinvergüenza de Antonio Cañizares. ¿Qué no se acuerdan de este obispo? Fue el que dijo en mayo pasado que “no es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios” –en relación a los abusos a menores cometidos en escuelas católicas irlandesas entre los años 50 y 80 y que salió a la luz hace varios meses- “con los millones de vidas destruidas por el aborto”. ¿O tengo que recordarles al obispo de Tenerife? El ínclito Bernardo Álvarez declaró en una entrevista hace ahora dos años lo siguiente en referencia al abuso de menores por parte de colegas suyos de profesión: "Puede haber menores que sí lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan. Esto de la sexualidad es algo más complejo de lo que parece". Tras escuchar a estos personajes, si yo fuera católico, dimitiría.
Para ver el artículo en elperiodicodeyecla.com y los vídeos de las declaraciones de cada obispo pinche aquí
