19 de enero de 2011

"Desempleo y estrés, un cóctel explosivo". ¿Os suena?

Hoy, releyendo un viejo suplemento de Infoempleo de ABC, donde trabajé durante un magnífico año, y en busca de información acerca de un tema sobre el que me había pedido escribir una amiga (porque estoy abierto a todo tipo de solicitudes), he encontrado un reportaje de mi compañera, amiga y gran profesional Rosario Sepúlveda donde desarrolla una problemática que está muy de moda actualmente: Desempleo y estrés, un cóctel explosivo. ¿Os suena?

Hasta no hace muchos años, el estrés se asociaba al exceso de trabajo. La sobrecarga de reuniones, viajes, horas delante del ordenador... influían perjudicialmente en el sueño, en las relaciones familiares y sociales, en nuestro comportamiento... detonando finalmente en una fuerte crisis de ansiedad, llegando incluso a provocar trastornos psicológicos. Hoy, ese estrés laboral ha dado lugar a otro tipo de estrés... el del desempleado.

En el artículo de mi compañera Rosario, se recogen las declaraciones de Lina Badimon, directora del Centro de Investigación Cardiovascular: “Últimamente se ha evidenciado ese tipo de estrés, el de la gente que se queda sin trabajo, que llega angustiada a fin de mes”. Y es que el estrés de tener que sobrevivir para salir adelante, también produce enfermedades cardiovasculares. Es más, apenas un mes después del derrumbe de Lehman Brothers en Estados Unidos, Margaret Chan, directora de la Organización Mundial de la Salud, avisó de que no convendría subestimar las consecuencias psicológicas de la crisis económica. “Y tampoco debería ser una sorpresa que empezáramos a ver más casos de estrés, suicidios y desórdenes mentales”. Es decir, algo similar a lo que ocurrió después del Crack del 29.

Tanto que, según reza un reportaje publicado el pasado año en El País, el Colegio de Psicólogos de Madrid estima que el número de personas que acuden a consulta con una sintomatología depresiva causada de forma directa por la pérdida del trabajo, por miedo a perderlo o por no encontrar uno nuevo, se ha incrementado entre un 20 y un 25 por ciento en los últimos meses.

Pero, sin duda alguna, el cóctel más explosivo surge de la combinación de estos trastornos con situaciones de desempleo y exclusión social. “El estado de salud empeora a medida que los indicadores de posición socioeconómica lo hace. Es decir, cuanto mayor es la cualificación en el trabajo, mejor es el nivel de salud”, confirma, según el reportaje de Rosario, Lucía Artazcoz, directora del Instituto de Servicios a la Comunidad de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, donde han documentado que los trabajadores no cualificados y los parados tienen más problemas de salud mental, dolores de espalda y cabeza, fuman más y tienen mayor tendencia al sobrepeso.

Jesús de la Gándara, jefe del servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos, identifica dos tipos de pacientes cuyo número ha crecido con el deterioro económico: “Han aumentado los trastornos entre los que viven una gran situación de desprotección social y entre los pequeños empresarios y autónomos”. A corto plazo, los primeros síntomas de este estrés por desempleo son los ansioso-depresivos. “En un nivel más alto de malestar se puede llegar al abuso de sustancias, alcohol, tabaco, café... Y, por último, al suicidio”, explica de la Gándara, que resume en un acrónimo, SIN, el cuadro clínico de las personas que necesitan ayuda. “La `S´ hace referencia al sufrimiento; la `I´ es la incapacidad, porque ya no puedes dormir, comer o divertirte, y la `N´ es necesidad, de beber, fumar, de pastillas. Cuando se cumplen los tres requisitos, ese señor está enfermo”.

Hay otro concepto que psicólogos y psiquiatras manejan para entenderse: la indefensión. Designa ese momento en que un individuo se ve desbordado, cuando se tiene la sensación de que, por mucho que se haga, por mucho que uno se esfuerce, no va a conseguir cambiar nada de lo que le rodea. Suele aparecer cuando se rompe un equilibrio estable como, por ejemplo, perder un empleo o unos ingresos. Entonces, si nuestras herramientas mentales para la transformación quedan bloqueadas, podríamos vernos abocados a una espiral depresiva. “Se trata de un trastorno de adaptación, una respuesta psicológica de tristeza, pesimismo y ansiedad ante una situación estresante. Es decir, no es una depresión en sentido estricto, que se caracteriza por una profunda tristeza patológica sin causa aparente”, explica Eduardo García-Camba, jefe del servicio de psiquiatría del hospital Universitario de la Princesa de Madrid.

A todo esto, hay que sumar que el estrés intenso y crónico, que se alimenta de incertidumbres y pesimismo duradero, es muy dañino para el cerebro porque destruye neuronas. Por ejemplo, la versión oficial dice que la incertidumbre sobre el futuro provocó una cadena de suicidios (hasta 40) entre los trabajadores de France Telecom.

En definitiva, que estar en desempleo, dejar de recibir una serie de ingresos que presumíamos vitales y no ver luz al final del túnel produce una serie de desvaríos psicológicos que pueden acabar con nosotros. Pero, ¿hay solución? Por el momento, lo único que se puede hacer es potenciar nuestras habilidades para encontrar empleo, algo verdaderamente complicado en una situación como la actual. “En un mercado competitivo, muy guiado por la imagen y los procesos rápidos de selección de personal y con una elevada tasa de desempleo, el encontrar trabajo puede ser una tarea realmente ardua. En este contexto es imprescindible no sólo mejorar la preparación y las capacidades propias de cara al trabajo, sino también la actitud y las habilidades de comunicación y presentación necesarias para convencer al seleccionador de que eres un candidato apto para ese puesto”. 

Esto es lo que dicen los “profesionales”. Mi versión: A) O tienes un buen enchufe (de esto ya hablaré otro día) o B) Te lo curras como nadie. Además de tener que demostrar a cada segundo que eres muy bueno en lo que haces, que eres resolutivo, que tienes iniciativa, que eres competitivo, buen profesional, mejor compañero... Y aun así, no las tengas todas contigo. Apuesto por el enchufe o por mi decisión actual: ser autónomo. Aunque lo de salir echando leches de este país en quiebra tampoco es mala opción.

Conclusión: Estamos jodidos.


18 de enero de 2011

Hasta siempre, amiga

Casualidades de la vida, ayer, día de San Antón, patrón de los animales, me dejó una gran amiga. Una compañera fiel. Mi gata Isidora. Con 19 años a las espaldas, el veterinario no vio más opción que sacrificarla ante el tumor que la estaba consumiendo. Y así, con esa dulce muerte, se apagó la vida de otro de los lazos que todavía me unían a mi infancia.

En febrero de 1992, el mismo mes en que habíamos comprado la casa de campo donde actualmente residimos y que casi todos vosotros conocéis, mi padre llegó con un regalo inesperado. Tras avisarnos a mi hermana y a mí de que “había algo en la cochera”, nos pusimos como locos a ver qué era. Y allí, camuflada bajo una silla, muerta de miedo y con apenas un mes de vida, estaba la Isidora, como todo el mundo la empezó a conocer desde entonces. De hecho, el nombre es otra anécdota graciosa. Y es que mi hermana, que apenas tenía dos años entonces, cuando la vio gritó: “¡El gato Isidoro!”. Pero claro, cuando más tarde comprobamos que de gato tenía más bien poco, decidimos llamarla Isidora.

Con el paso del tiempo, la Isi fue convirtiéndose en la reina de la casa. En un miembro más de la familia. Todavía recuerdo aquellas largas tardes en las que acurrucada encima de mí me lamía toda la camiseta, anhelando, parece, sus primeros días de lactancia. Pronto estrechamos buenos lazos. Con el resto del mundo, mi gata era arisca. No le gustaba que la tocaran ni que la molestaran. Pero estaba bien conmigo. Salíamos a pasear, a jugar... Siempre estábamos juntos y le gustaba acompañarme a todos lados. Ciertamente, es muy difícil pensar en aquellos años de mi infancia y adolescencia sin tener vivos recuerdos de la Isidora.

Son muchas las anécdotas que circundan la vida de mi gata. Recuerdo por ejemplo el día en que encontré a mi hermana, con apenas cuatro  o cinco años, amenazándola con una azada en el aire cuando más plácidamente dormía. O como otro día la encontré agarrándola del rabo y dándole vueltas. También recuerdo cuando la hija de una amiga de la familia le dijo a su médica, que también se llamaba Isidora, que su amiga tenía un gato que se llamaba como ella. Imaginaos la cara de la doctora...

Nosotros, por aquellos años todavía vivíamos en el pueblo, y al campo íbamos los fines de semana, en verano y Navidad. Entonces, la Isidora era la verdadera y única guardiana de la casa. ¿A cuántos perros habrá atacado en su vida? Me encantaba verla montada encima del lomo de cualquier perro que se colaba al campo, incluso de aquellos que llevaban algunos amigos. La Isidora veía a su víctima, erizaba el lomo, saltaba sobre el perro y lo hacía correr despavorido como si estuviera montando a caballo. Un verdadero show que gustaba a todos menos a los pobres perros y a sus asustados dueños.

Pero no todo fueron buenas noticias. Un día, a finales de los 90, fuimos a echarle comida y nos percatamos de que no estaba. La llamamos y no aparecía por ningún sitio. Al cabo de un rato buscando, me fijé que estaba en el campo de al lado, pero que, aunque quería acudir a mi reclamo, apenas podía andar. Cuando la tuve entre mis brazos me quedé horrorizado. Algún desaprensivo la había tirado a una hoguera y la pobre estaba totalmente quemada. No tenía uñas ni pestañas, ni bigotes, ni apenas pelo... La llevamos al veterinario y nos dijo que se había salvado de milagro. Durante meses tuvimos que estar aplicándole pomadas contra las quemaduras, atándole las patas para que no se las tocara... fue una época complicada, pero de la que, por suerte, se recuperó sin problemas.

Los años fueron pasando y la Isidora siguió siendo la reina de la casa. Sobre todo cuando fuimos a vivir al campo, allá por el 2001. Estos últimos diez años han sido sin duda los mejores para ella. Con su cojín o con su trapo, primero junto a la “lumbre” y después junto a la calefacción, se pasaba los días durmiendo y comiendo. Sin apenas hacer otro tipo de esfuerzo. Aun así, yo de vez en cuando la sacaba a la calle y la hacía correr detrás de una cuerda, o subir al tejado, que era otra de las cosas que le encantaba. Casi siempre que estaba en la calle pasaba las horas durmiendo al sol en el tejado.

¿Y cuántas crías no tendría? Cada dos por tres estaba preñada. Y siempre tenía como mínimo cinco gatitos. Le gustaba demasiado la fiesta... Finalmente, en los últimos años le dábamos pastillas anticonceptivas porque si no podría haber muerto en cualquier parto debido a su prolongada edad. De hecho, sufrió bastante en los últimos. ¿Y cómo se comía los pimientos? Eso era increíble. Hacíamos paella, sobraban pimientos, y ahí estaba la Isidora, comiéndoselos todos. Ver para creer.

Yo, a mitad de 2003, vine a vivir a Madrid, y dejé de verla tan a menudo. Entonces fue mi madre quien se encargó de seguir cuidando de ella, pues aunque ya había muchos más gatos en el campo, ella siempre tuvo el papel protagonista. Era la madre de todos y, como tal, la única que recibía atenciones especiales. Aun así, mi madre me llamaba muchas veces y me decía: “Si vieras la Isidora... Estaba durmiendo en su cojín, de pronto se ha levantado, ha ido a tu habitación, ha empezado a maullar, ha dado dos vueltas, y ha vuelto a tumbarse”. La verdad es que esas cosas, siempre son especiales. Y llaman la atención. ¿Tendrán sentimientos los animales? La verdad es que a veces lo parece.

Pasaron los años y mi gata fue haciéndose más y más mayor. Superando todas las “medias” de edad habidas y por haber. Durante los últimos años, el pelo se le caía, apenas veía... el veterinario decía que no iba a durar un telediario, pero ahí seguía, al pie del cañón. Esta Navidad la vi por última vez. Estaba cansada, pero nos acompañó como cada año durante todas las fiestas, en su inseparable cojín. Apenas comía y se la veía siempre cansada, adormecida. El tumor que se le estaba creando en la cabeza estaba acabando con ella, aunque como bien dijo ayer el veterinario que la sacrificó, tenía el corazón para aguantar otros cuantos años más. Sin embargo, y según las “estadísticas”, superaba ya los 90 años de edad humana.

Ley de vida. La verdad es que hoy es un día triste. Muchos dirán que no era más que un gato, pero para mí ha sido mucho más. Una fiel compañera de viaje que estuvo a mi lado en los complicados años que me guiaron de la niñez a la edad adulta. Un animal sí, pero que a veces hacía mejor compañía que cualquier persona. Realmente inseparable. Como decía al principio, un lazo de unión entre mi pasado y mi presente que, por desgracia, también se ha ido para siempre. La voy a echar de menos. 


Hasta siempre Isi. Gracias por los buenos ratos vividos

17 de enero de 2011

Adentraos en el fascinante mundo de "El nombre de la rosa"

Como ya sabéis, con el nuevo año decidí que uno de mis objetivos de 2011 iba a ser mantener al día el blog. Pues bien, otro de los propósitos del nuevo año fue leer más. Ya que, aunque diariamente leo artículos, reportajes... es cierto que tenía un poco olvidados los libros de toda la vida. Los que te hacen conocer el mundo y crecer como persona. 

Pues bien, sin más rodeos, he decidido que, además de leer más, voy a escribir también acerca de los libros que me lea. Mejor dicho, acerca de los libros que me lea y que me aporten algo. Pues, por desgracia, muchas veces caen en mis manos publicaciones que no sirven, por desgracia, ni como papel higiénico.

Y este 2011 ha comenzado por todo lo alto gracias a Umberto Eco y su espectacular novela El nombre de la rosa. Imagino que muchos de vosotros la habréis leído, pero sé de otros muchos que no habréis tenido oportunidad, por lo que espero que este artículo os despierte la curiosidad por la sabia pluma del semiólogo italiano.

Todo comienza una hermosa mañana de finales de noviembre del año 1327 cuando fray Guillermo de Baskerville, monje franciscano y antiguo inquisidor, junto a su inseparable discípulo, el novicio Adso de Melk (que es quien narra, ya anciano, la historia “de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud”), llega a una abadía benedictina situada en el norte de Italia, famosa por su impresionante y casi inexpugnable biblioteca, para intentar esclarecer la muerte del joven fraile miniaturista Adelmo da Otranto.

Durante su estancia en la abadía, que se prolonga hasta siete intensos días, más monjes van muriendo en extrañas circunstancias. Tras estudiar las primeras pesquisas, fray Guillermo llega a la conclusión de que las muertes siguen la pauta de un pasaje del libro del Apocalipsis. La situación cada vez es más enrevesada, ¿por qué están muriendo tantos hermanos en tan sospechosas situaciones? ¿Quién es el asesino? ¿Cuál es el móvil de tan feroces crímenes?


Sin duda, este es el argumento de esta fascinante y misteriosa novela policíaca y que, tras más de 700 intrigantes páginas va solucionando con magistral destreza el por qué de tan grave situación. 


Pero la obra de Umberto Eco aporta mucho más. La primera mitad del siglo XIV es recordada en el seno de la Iglesia por el polémico papado de Juan XXII, que estuvo al frente de los católicos de 1316 a 1334. Y es en esta parte de la novela donde Eco aporta su meticuloso conocimiento histórico sobre la Edad Media.

En 1245, el seno de la orden franciscana se dividió en los llamados “conventuales”, seguidores de San Francisco de Asís, y los “espirituales”, radicales que defendían un ideal de pobreza absoluta, alegando que tanto Jesús como sus apóstoles carecían de posesiones individuales y comunales. Es decir, como defensores a ultranza de la pobreza de Cristo protagonizaban una vida de mendicidad, sin propiedades y ligada a lo espiritual. ¿Os imagináis el revuelo que levantó esta división en el seno de la Iglesia?

Tanto que, en 1318, Juan XXII publicó una bula en la que condenó la postura de los espirituales, también conocidos como “fraticelli” (a los que prometo dedicar un artículo exclusivo), calificando a sus seguidores como heréticos y obligando al general de la Orden, Michele da Cesena, a comparecer en la sede papal de Avignon, que había sido trasladada allí desde Roma por el papa Clemente V en 1305. 


Pues, según el Papa, si los paupérrimos feligreses se sentían identificados con las teorías expuestas por los “fraticelli”, podrían rechazar la opulencia en la que vivía la Iglesia y todos los que la conformaban. Y tanto se le fue la mano a Juan XXII con este tema, que hasta ordenó tallar crucifijos donde Cristo aparecía clavado sólo de una mano, puesto que la otra la tenía dentro de una bolsa de monedas para dar así a entender a los desgraciados devotos que Jesús tuvo posesiones y que no vivió en la más penosa pobreza.

Pero da Cesena, que no pertenecía a la fracción radical de los franciscanos, se negó a aceptar la orden papal y se buscó la protección del rey Luis IV de Babiera, que en esos años estaba en plena guerra con el papa Juan XXII por el trono de Alemania y por ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Tras esta decisión, Michele da Cesena fue expulsado de la orden franciscana y excomulgado.

Tras esta breve contextualización histórica, que en el libro es mucho más completa y esclarecedora, puntualizaré sobre la conexión que Umberto Eco crea entre este entramado político-social y el argumento de la novela. Fray Guillermo de Baskerville, además de ser reclamado por el abad para esclarecer los crímenes de la abadía, debía organizar una reunión entre los delegados de Juan XII y los líderes de la orden franciscana, donde se discutiría sobre la supuesta herejía de la doctrina de la pobreza apostólica promovida por los espirituales.

Y es en esos brillantes pasajes donde Umberto Eco da voz a los más polémicos personajes de la época (Ubertino da Casale, Bernardo Gui o Guillermo de Ockham, entre otros), defendiendo sus diversas posturas y donde se aprecia claramente el poder que tenía la Iglesia gracias al miedo que infundía en todos los que estaban por debajo de ella. Pero no era un miedo unilateral, pues como descubriréis a lo largo de la novela, la Iglesia también vivía atemorizada. Atemorizada de que las obras de los grandes clásicos grecorromanos, que se basaban en la razón y no en la fe, salieran a la luz, pudiendo así fulminar el gran poder del que disfrutaba.

En conclusión, una obra magistral donde la crónica medieval, la novela policíaca e histórica y la alegoría narrativa convierten a El nombre de la rosa en una novela de obligada lectura. No tengáis miedo por sus pasajes en latín (las ediciones contemporáneas los traducen al final del libro, por lo que es fácil seguirlo) ni por la dificultad de comprensión en la que se apoyan algunos detractores de la buena literatura y que sólo disfrutan con Los pilares de la tierra. Sin duda, nos encontramos ante una de las novelas clave del siglo XX. Sólo hay que adentrarse en ella con valentía. ¿Estáis preparados? Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Fotos

1. Portada del libro, editorial Contemporanea DeBolsillo


2. Fotograma de la película "El nombre de la rosa", dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery (en la imagen)

3. El papa Juan XXII

4. Abadía Sacra di San Michele, en la región del Piamonte italiano, y en la que se inspiró Umberto Eco para su novela

15 de enero de 2011

Sangre en nuestros móviles: el conflicto del coltán en el Congo

Los teléfonos móviles se han convertido en el producto estrella de la última década. En 2005, se vendían más de 800 millones de teléfonos móviles al año en todo el mundo, pero en 2010 esa cifra ya superaba los 1.100 millones. Es decir, un negocio que está en continuo crecimiento y que no parece tener fin. ¿Cuántos de vosotros cambiáis de móvil una o dos veces al año? (Si no sabéis por qué se estropean tan pronto, os aconsejo este otro artículo)

Pues bien, seguro que también muchos de vosotros habréis oído hablar del coltán. Este mineral ha pasado de ser considerado una simple curiosidad mineralógica a convertirse en crucial para el avance tecnológico debido a sus nuevas aplicaciones. Hoy en día, es utilizado en casi la totalidad de dispositivos electrónicos: teléfonos móviles, GPS, satélites artificiales, armas teledirigidas, televisores de plasma, videoconsolas, ordenadores portátiles, PDA, MP3, MP4... 

Cosas del destino, el 80% de las reservas de coltán se encuentran en el este de la República Democrática del Congo. Y como está considerado como un recurso no renovable altamente estratégico, existe una guerra en el Congo desde 1998, totalmente olvidada por el mundo occidental, para poder controlar su explotación. Desde entonces, más de 5,5 millones de personas han muerto, lo que supone el mayor número de víctimas desde la Segunda Guerra Mundial. Más de 1,5 millones de personas han sido desplazadas en el interior del propio país. La antigua colonia belga tiene tanta riqueza que con su explotación debería nadar en la abundancia, sin embargo, lo que le sobran son guerras y conflictos. Mientras tanto, Occidente mira hacia otro lado y se aprovecha de la inestable situación que existe en el país para negociar con el coltán.

El entramado de situaciones es un poco difícil de explicar, pero intentaré resumirlo lo mejor posible. Desde 1998, el guerrillero Laurent Nkunda, de la etnia tutsi, controla la región de Kivu Norte, una de las más ricas en minerales, gracias al apoyo del presidente ruandés, Paul Kagame, que legitima su acción guerrillera a cambio del tráfico del coltán a través de la frontera ruandesa. En sus años al frente de la guerrilla tutsi, Nkunda ha pertrechado asesinatos, masacres, extorsiones y genocidios que apenas han sido denunciados por los diferentes organismos internacionales.

Los congoleños viven atemorizados ante la extorsión de los guerrilleros. Las minas de coltán son explotadas por niños y adolescentes que viven en régimen de esclavitud, ya que gracias a sus pequeños cuerpos son los únicos capaces de adentrarse por las estrechas galerías donde obtienen el preciado mineral. Se calcula que por cada kilo de coltán extraído, mueren dos niños. Una vez que obtienen el coltán, son transportados a las aldeas donde consiguen vender unos 40 kilos de coltán por 10 dólares (unos 7 euros). Es decir, tres o cuatro días de trabajo por unos siete euros de media. Después, este mineral se vende a las grandes multinacionales por unos 70 euros el kilo.

Estos grupos de guerrilleros, a los que no controla ni la ONU ni el propio ejército congoleño, tratan a los ciudadanos como esclavos. Explotan a niños y a jóvenes, llevándolos a trabajar a las minas o convirtiéndolos en soldados. Cuando se derrumban fruto del cansancio acumulado, les degüellan o les queman vivos. A los bebés, niñas, adolescentes, mujeres y ancianas las violan repetidamente. Pero, ¿cuál ha de ser la crueldad que emplean con ellas cuando en el documental que os dejo al final del artículo suplican que desearían que sólo las violaran? Según se recoge en el reportaje, cuando las violan les introducen palos ardiendo, hierros, bayonetas... Y quien intenta escapar es torturado a la vista de sus compañeros o familiares para que sirva de ejemplo.

Pero, ¿por qué no se actúa? Porque, como ocurre casi siempre, el negocio económico que existe detrás es mucho más rentable que la explotación legal y controlada de estas minas. Estos grupos de salvajes guerrilleros, apoyados militarmente por Ruanda, viven del coltán que venden a las grandes multinacionales de Occidente. Aunque en la actualidad existen 18.000 cascos azules en la zona, el negocio del coltán sigue a la orden del día y sin control. Incluso la población civil ha elevado sus quejas a los Comités con el África Negra, asegurando que los cascos azules "no sólo no les defienden de Nkunda, sino que además les han visto transfiriendo armamento y víveres a las tropas guerrilleras, dejándoles incluso usar vehículos y helicópteros". 

Los pequeños y destartalados aviones comerciales siguen despegando del Congo cargados del preciado mineral. Bélgica, como antigua metrópoli, sigue siendo uno de los principales clientes de las exportadoras congoleñas, que se sustentan principalmente del coltán que proviene de las zonas ocupadas por Laurent Nkunda. Empresas como la multinacional belga Traxys se dedica a la comercialización y distribución de minerales industriales como el coltán y, aunque pretenden esconder la procedencia de ese mineral, sus propios proveedores confirman que proviene de la zona en guerra.

Esta empresa, entre otras, exporta casi todo el coltán que consigue en el Congo a China, país en el que se fabrican más de 500 millones de móviles al año, es decir, la mitad de la producción mundial. Grandes empresas como Nokia o Motorola aseguran en sus webs que el coltán que utilizan en sus móviles no procede de la zona conflictiva del Congo. Aun así, nunca han aportado pruebas fehacientes de que, verdaderamente, controlan la procedencia del mineral. De lo que no hay duda es que estas empresas tienen filiales y subcontratas en China que son quienes fabrican sus teléfonos móviles.

En conclusión, las grandes multinacionales de la tecnología viven del coltán obtenido en el Congo, por el cual se paga muy poco en comparación con lo que podría pagarse si las minas se explotaran de forma legal bajo el amparo del gobierno congoleño y que sería la única forma de que la debilitada sociedad del país pudiera beneficiarse de la riqueza de su subsuelo.

Con el dinero que las multinacionales pagan a las mafias que les facilitan el coltán, éstas compran armas que ayudan a mantener a las guerrillas apoyadas por Ruanda en todo el este del Congo. Por eso se entiende que los países occidentales apoyen al presidente ruandés, Paul Kagame, que, sin embargo, ha sido acusado de atentar contra el anterior presidente ruandés (de etnia hutu) y de acabar con la vida de más de tres millones de personas en Ruanda y el Congo entre 1990 y 2002. Es más, fue el proprio Kagame quien acrecentó las rencillas entre hutus y tutsis para conseguir así llegar al poder de Ruanda en 1994, porque hasta entonces ambas etnias siempre habían vivido en cordialidad.

¿Es necesario que se vierta tanta sangre y que se hagan tantas atrocidades para poder hacer una llamada de móvil? La relación de esta guerra con nuestro consumismo tecnológico es directamente proporcional: las fechas del auge de ventas de teléfonos móviles coincide con aquellas en las que ha habido más muertos en el Congo. Aun así, imagino que es mucho más fácil obviar este conflicto y actuar como si no existiera.

Coltán, comercio sangriento (documental)

Coltán, el Oro del Siglo XXI. from malwhiski on Vimeo.


13 de enero de 2011

Hoy estoy en Babia, ¿pero dónde está Babia?


Hoy llevo todo el día en Babia. Una paliza mañanera a base de spinning de la que todavía no me he recuperado y la mente cargada de pensamientos inútiles que han culminado con una tontería atroz y unos síntomas de cansancio poco frecuentes en mí. Y he dicho, no voy a pensar en nada. Pero claro, el mero de hecho de pensar que no voy a pensar en nada, ya rompe con mi propósito.

Y me repito: estoy en Babia. De pronto pienso, ¿y qué leches es eso de estar en Babia? Vamos, rallada típica de jueves por la tarde, sin mucho que hacer, con ganas de dormir y esperando que den las 9 para tomar unas cañas mientras veo el Madrid-Atleti. Así que le pregunto a mi amigo Google y aquí tenéis la respuesta:

Aunque hay varias explicaciones acerca de esta popular expresión, hay una que me ha convencido. En el norte de la provincia de León, limitando con Asturias, hay una comarca llamada Babia, abundante en aguas y verdes praderas, que desde siempre ha tenido a la ganadería por principal riqueza. Al parecer, esta región de tradición pastoril y marcada por la trashumancia, era muy del agrado de los reyes de León, que la escogieron para lugar de reposo allá por la Baja Edad Media (siglo XI).

Los monarcas gustaban de pasar largas temporadas estivales en Babia, región placentera, bien abastecida y guardada por gente pacífica e hidalga, leal a la corona leonesa. Es decir, una comarca donde Ordoños, Ramiros, Alfonsos, Fernandos y demás monarcas de León disfrutaban de la caza de osos, corzos y jabalíes, huyendo a la vez de las intrigas de la Corte y de las ambiciones de nobles y prelados, empeñados en instaurar la modalidad feudal en el reino.
Tanto gustaba, que parece ser que los monarcas que rigieron la zona durante los tres siglos que se alargó el reinado, desaparecían constantemente a esas tierras plácidas y reconstituyentes. Ante tanta ausencia, los ministros sólo podían contestar a los fieles súbditos leoneses que los reyes estaban en Babia. No les quedaba otra. Con esta expresión pretendían dar a entender que Su Alteza no quería saber nada sobre los problemas de la plebe.
Por eso, y desde entonces, la expresión “estar en Babia” define a cualquier persona distraída o ausente, que no quiere saber nada y que, simplem
ente, se lanza a los brazos de los placeres que ofrece el “dolce far niente”, que dirían los italianos.
Babia hoy

Actualmente, la comarca está dividida en Babia de Arriba y Babia de Abajo, que se corresponden con los ayuntamientos de Cabrillanes y San Emiliano, respectivamente, los dos municipios de la zona, con una media de 800 habitantes cada uno.
Babia de Arriba está compuesta por 14 pueblos, que son: Cabrillanes, La Cueta, Huergas de Babia, Lago de Babia, Mena, Meroy, Las Murias, Peñalba de Cilleros, Piedrafita de Babia, Quintanilla, La Riera, San Félix de Arce, Torre de Babia y Vega de Viejos.
Babia de Abajo, por su parte, se compone de otros 14 pueblos: Candemuela, Cospedal, Genestosa, La Majúa, Pinos, Riolago de Babia, San Emiliano, Torrebarrio, Torrestío, Truebano de Babia, Villafeliz de Babia, Villargusán y Villasecino.
En 2004, la comarca se convirtió en reserva de la biosfera, conformando la Reserva de la Biosfera de Babia. Actualmente, siguen subiendo a los puertos de Babia rebaños de ovejas merinas, que se arriendan para toda la temporada y que comparten los pastizales con el ganado vacuno y también el equino, en especial de la raza Hispano-bretona, siendo Babia el referente estatal de este caballo.
En conclusión, que como siempre digo, no te acostarás sin saber algo nuevo y que, tras ver las fotos de las pedanías y parajes de Babia, me han entrado ganas de visitar la zona, ¿alguien se apunta?

12 de enero de 2011

"Comprar, tirar, comprar": La obsolescencia programada


Cuántas veces hemos dicho eso de... lo que aguantaban antes las cosas y la poca vida que tienen ahora. ¿No os habéis fijado que por la calle es más frecuente ver algún que otro Seat 127 o Renault 5 que un Seat Toledo del 91 o un Ford Fiesta Turbo? ¿Por qué cuando termino de pagar un coche ya no sirve?

Incluso, y sin irme muy atrás, ¿no habéis visto que en casa de vuestros abuelos seguían funcionando perfectamente bien los televisores en blanco y negro y los hornillos de gas butano? ¿De verdad hemos avanzado con tanta televisión Full HD LED 3D o vitrocerámicas de inducción?

Hace unos días, vi en el muro de una amiga (Pi Lar) el enlace de un documental que nos aconsejaba encarecidamente ver. El título lo dice todo: Comprar, tirar, comprar. El tema principal, la obsolescencia programada. ¿Alguien tiene idea de qué estoy hablando?

En Livermore, California, el parque de bomberos de la ciudad se ha convertido en una atracción turística más. Allí, desde 1901 hay una bombilla que nunca ha dejado de funcionar. Como bien dice el diario El País en un reportaje homenaje a tal hazaña, “es una reliquia de una época en las que las cosas se hacían para durar”. ¿Quiere esto decir que los productos de consumo se elaboran ahora con una especie de fecha de caducidad predeterminada? Exacto.

En 1924, se creó en EEUU un nuevo cártel que afectó a todo el mundo desarrollado. Los productores de bombillas decidieron limitar a 1.000 horas la vida útil de su producto. Cuando Edison patentó su primera bombilla, ésta tenía una vida superior a las 1.500 horas. Hablamos de 1881. Es más, cuando este cartel se reunió, las bombillas ya tenían vida superior a las 2.500 horas de uso. ¿Tenían los ingenieros que investigar en contra de sus propios principios? Es decir, ¿para crear productos de menor calidad? Tanto es así que las empresas que decidieron saltarse la norma y seguir construyendo bombillas de larga duración fueron duramente sancionadas. Y ganó el cártel. En 1940, ninguna de las nuevas bombillas fabricadas en el mundo tenía una vida real mayor a las 1.000 horas de uso.

En los felices años 20, antes del Crack de 1929, nace en EEUU la sociedad de consumo y, con ella, la producción de masas. Los precios caen porque aumenta la producción y, por tanto, aumenta el consumo innecesario. Es en esos años cuando se empieza a hablar de la obsolescencia programada, en contraposición a los viejos fabricantes que siempre habían tenido por objetivo elaborar productos fuertes y duraderos.

¿Es este consumo desmedido sostenible? Como se afirma en el documental, cualquier persona que crea que el crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado, o está loco, o es economista. ¿Sabéis por ejemplo que las impresoras llevan un chip que registra cada copia efectuada para que, cuando llegue al límite de “vida” establecido por el fabricante deje de funcionar? ¿O que las medias de nylon dejaron de fabricarse porque eran tan resistentes que no se rompían?

Y, lo que es más grave, ¿qué ocurre con todos los residuos que genera ese consumo desmedido? La mayoría de esas tecnologías inútiles acaban en países del tercer mundo como Ghana. Aunque según acordó la ONU este tipo de medidas está totalmente prohibida, cada día llegan a estos países subdesarrollados decenas de contenedores repletos de residuos tecnológicos procedentes del “primer mundo”. Los mercaderes los declaran como productos de segunda mano e incluso alegan estar luchando contra la brecha digital que existe entre el norte y el sur. Lo que no dicen es que el 80% de los productos que envían no pueden repararse y acaban en vertederos.

Por eso, creo que entre todos tenemos que luchar contra el eslogan de crecimiento viable, infinito y sostenible. Necesitamos un cambio de lógica. Verdaderamente, me cae mal la gente que se vanagloria de tener 20 pares de zapatos, 30 o 40 camisetas y otros tantos pantalones o vestidos. No me gusta la gente que va a pasar el día a un centro comercial o se mata por una prenda rebajada que ni siquiera necesita. Al menos, mi conciencia está tranquila. Tengo tres pares de pantalones, dos pares de zapatillas y uno de zapatos, 7 u 8 camisetas, dos jerséis y un par de cazadoras. Un móvil de segunda mano (que mi hermana ya no quería), un portátil y una impresora. ¿Y sabéis que? Soy tan feliz o más que aquellos que tienen armarios y armarios de cosas, coches que no utilizan o casas en el campo, la playa y la ciudad.

Y es que si la felicidad dependiera del consumo, deberíamos ser absolutamente felices porque consumimos 26 veces más que hace apenas 150 años. ¿Lo somos? ¿Somos 26 veces más felices que aquellos que remendaban sus ropas hace siglo y medio porque el mismo vestido tenía que durar tres décadas?

Gandhi afirmaba que el mundo es lo suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero demasiado pequeño para colmar la avaricia de unos pocos. Como sigamos así, su profecía se cumplirá.

Os dejo el documental Comprar, tirar, comprar para aquellos que lo quieran ver:



11 de enero de 2011

Una tarde en el bar de Antonio

Hoy no sabía sobre qué escribir. Mejor dicho, tenía varios temas en mente. Pero no voy a desarrollar ninguno de ellos. Los dejo para mejor ocasión. Esta tarde, después de currar un rato y tras limpiar y fregar mi habitación, comprobé que el ordenador se había quedado en la otra punta, es decir, que si quería usarlo tenía que pisar todo lo que había fregado. Y he dicho, pues voy a bajar al bar de Antonio, mi bar, a felicitarle el año. Al llegar allí, me he pedido un vino y, al poco, ha entrado un hombre. El típico fumador que se ríe de la nueva ley. Que pide un vino y unas risas. Sin más. Porque el no poder fumar le produce risa. Este señor es José Pablo. Tiene 50 años y trabaja como técnico electrónico para un Ministerio. "Por mil míseros euros".

Nuestras primeras palabras han girado en torno a la polémica ley. “A mí nadie me dice lo que puedo o no puedo hacer”, ha gritado. “Y por eso no pienso dejar de fumar”. En un primer momento he pensado lo que muchos de vosotros: un listo. Después ha salido el tema de la música. Hemos hablado de los mejores grupos rockeros de los 70-80 y me he ganado su confianza: Pink Floyd, Led Zeppeling, Dire Straits, la Creedence, The Pretenders... Incluso de Guns N’ Roses y Elvis Presley. Es decir, hemos pasado por todo el elenco imaginable.

Tras esta amena conversación, en la que han caído dos vinos más por cabeza, le he contado que era periodista. Tras mirarme raro, le he dicho que era autónomo. Entonces me ha mirado y me ha dicho: “Muy bien, sin jefes, sin que te pisoteen. Sin tragar”. Ciertamente tiene razón. Si estoy tan bien conmigo mismo en estos momentos es porque hago lo que me gusta y sin dejarme dirigir. Le he dicho que tenía un blog. Y su pregunta ha sido tajante: “¿Y qué escribes?”. Mi respuesta: “Actualidad”. Es decir, una visión sobre lo que ocurre en el día a día. Me mira de nuevo. “Es decir, un coñazo”.

Me he quedado pensativo y añade: “Mírame. 50 años. Soltero. Viviendo con mi madre que está paralítica y está ingresada en el hospital. Mi hermana murió de cáncer este año (en referencia a 2010). ¿De verdad crees que me importa lo que pueda pasar en este puto país? ¿De verdad piensas que el paro, la bajada de sueldos, lo que diga ETA, lo que piense ZP, Rajoy o su puta madre me puede importar?”. Le he mirado. Qué razón tenía. “A un tío como yo, que es electrónico, que se pasa el día en Internet, lo único que le importa es lo que nadie le cuenta. Por ejemplo, cuánto cuesta un gramo de maría”.

En ese momento he soltado una carcajada. José Pablo tenía más razón que un santo. “Esta vida es una puta mierda. Si no pisas, te pisan”, decía. “Yo tuve la oportunidad de casarme, de tener familia... pero lo rechacé. Ahora sólo puedo aceptar mi vida y vivirla como a mí me apetezca. No voy a dejar que nadie me diga qué debo hacer ni voy a permitir que me compadezcan”.

En cierta parte, la larga conversación con José Pablo me ha dado en qué pensar. Ha dicho una frase que me ha encantado: “Las cosas se dicen una vez, y quien no quiera entenderlas, que se compre un libro. A mí no me pagan por la saliva que gasto”. Y es cierto. Llega un punto en que verdaderamente cansa tener que defender tus ideales, decir lo que piensas, demostrar sentimientos una y otra vez. Yo también estoy cansado. Quizá estoy llegando a pensar como él. A que mi vida es mía y a quien no le guste, que no mire. ¿Debo de seguir cediendo? Con el quinto vino, mi nuevo amigo me ha dicho... la solución a los 50 es pisar cabezas. Pero que nadie se levante después. Si no, encima podrán denunciarte.

Este relato no tiene mucho sentido, pero tiene una conclusión: En los bares es donde se siguen encontrando las historias más cruentas y a las personas más verdaderas. Es decir, un sitio donde puedes hablar con un tío que se ha metido de todo, que incluso ha dormido en la cárcel y que, le guste a quien le guste, tiene más razón que nadie. Se pueda fumar o no. Gracias por esta tarde de vinos, charla y profunda reflexión. Hasta la próxima.

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