24 de noviembre de 2012

Los valles cruceños

Llegué a Samaipata, un bonito pueblo del departamento de Santa Cruz, ya de madrugada. Tras deambular un poco por la carretera, decidí usar un porche a modo de habitáculo para poder dormir hasta la salida del sol. Pero cuando apenas hicieron aparición los primeros rayos del día, una señora, a grito pelado, y en quechua, me dijo algo que no llegué a comprender. “No hablo quechua, señora”, acerté a decirle Cuando vio mi cara, no pudo contener la risa. Ya en castellano, me dijo que si sabía dónde estaba la señora de la casa de al lado. No me recriminaba estar dormido ahí ni nada parecido. Por eso reía. No sé por qué, pero esa reacción me dio buenas vibraciones. Mi instinto no se equivocaba.
La entrada al centro de Samaipata fue el domingo por la mañana. Día de mercado y de vendedores artesanales. Paseé por el mercado central, desayuné un sabroso jugo de banana y me dirigí a la plaza mayor del pueblo. Algunas personas ya descansaban en sus bancos, escuchando de fondo la música de un titiritero, entremezclada con la suave brisa que bajaba de las montañas que rodean el valle donde está situada la villa. No sé si será por el karma, por la energía positiva o por qué motivo sobrenatural, pero Samaipata ofrece armonía a raudales. Las generaciones se entremezclan en la plaza, tanto de samaipateños como de extranjeros. Un reloj de sol da las horas de 6 de la mañana a 6 de la tarde, horas solares de Bolivia. Todos te reciben con un buen día y la amabilidad llega a tal extremo que los tenderos no tienen molestia en indicarte dónde encontrar agua fría si en su establecimiento no tienen o de decirte cuál es el hostal barato si el suyo es demasiado caro. No existe competencia. Todos son uno. Todos son Samaipata.

En mi paseo en busca de un hostal, un rastafari brasileño me detiene muy cerca de la plaza. Tiene un puesto artesanal y está sentado al sol. Me saluda y empezamos a hablar de la vida, del pueblo, de sus gentes y de esa fuerza extraña que parece que desprenden las calles de la ciudad. Parece que ambos hemos perdido la fe en el ser humano. Aun así, Samaipata permanece como un foco irreductible de solidaridad y compañerismo. También hablamos del egoísmo del ser humano. “Hay gente que no entiende que estar sentado en una plaza, bajo la sombra de una palmera, es motivo de felicidad, más que tener un coche o varios apartamentos”, me dice. No puedo más que corroborar su afirmación. “Yo soy feliz hablando con la gente del campo, que me indica cómo plantar o cómo cultivar. Ni ellos ni yo hemos ido a la escuela, pero sabemos mucho más que otra gente que afirma saber mucho”, reconoce. La gente es egoísta, prosigue. “Por eso, Buda, Alá, Dios y Rastafari están cansados de las personas”, añade. Tanto que, según mi amigo, el 21 de diciembre llegará el fin del mundo tal y como pronosticaron los mayas hace cientos de años. “Si ya cayó un meteorito que acabó con los dinosaurios, ¿por qué no puede caer otro ahora?”, se cuestiona. “Quizá choque uno con el Sol y esto haga que se potencie su fuerza, algo que podría quemar los satélites artificiales que rodean la Tierra. ¿Imaginas dejar a la población sin tele, sin radio, sin Internet…?”. No puedo más que reírme y aseverar que sería una buena solución. De hecho, este día preocupa tanto en Bolivia que muchas personas están pensando pasarlo ante el mítico lago Titi Caca o ante el fuerte precolombino de Samaipata.

“Ese día”, prosigue mi amigo, “miles de personas acudirán a su puesto de trabajo para decir a sus jefes que no quieren trabajar más porque son explotados”. “Los terratenientes abrirán sus terrenos para poder trabajar la tierra con libertad. Se acabarán las cercas”, imagina. La verdad es que cuando dijo esto no pude más que acordarme de Andalucía, del SAT y de sus luchas. Qué bien vendría a esta tierra que los terratenientes levantaran sus vallados y permitieran a los agricultores trabajar la tierra sin pega alguna. Mi amigo escuchó atentamente mis anhelos y antes de que acabara se levantó como un resorte del suelo y se dirigió a su mochila. Volvió con una bonita piedra, a la que dice llamó Andalucía hace unos años cuando la encontró en Chile. “Te la regalo”, me dijo. “Te va a traer suerte”.

Y más o menos, así fue.

Tras dejarle, busqué el hostal y encontré el Alojamiento Vargas, un entrañable lugar donde Don Abdón y Doña Teresita acogen a viajeros en las habitaciones donde otrora vivieron sus seis hijos. El precio, muy bajo, 25 bolivianos por noche (2,5 euros). “Yo no voy a subir el precio porque no tengo ganas de ganar más, así tengo siempre a clientela interesante y que sabe apreciar el esfuerzo que hacemos manteniendo estos precios”, me explica Don Abdón. “Hay que ayudar y ser solidario”, añade. Ambos son bolivianos y ya pasan de la ochentena. Esa noche dormí tranquilo tras compartir experiencias y anhelos con varios malabaristas y artistas que se congregaron en la plaza del pueblo, entre ellos tres amigos argentinos, Maxi, Floren y Miguel, que me ayudarían muchísimo al día siguiente.

El lunes amaneció con una visita a la cooperativa del pueblo para intentar retirar dinero. Casualmente, la máquina no funcionaba. “No te preocupes, mañana sí estará bien”, me dijeron. No fiándome mucho, decidí que tenía que conseguir algo de dinero, porque con diez bolivianos en el bolsillo, poco podía hacer. Así que fui en busca de mis compañeros argentinos que sabía que estaban trabajando con Freddy, el carpintero del pueblo. No tuve problema en encontrar un trabajillo lijando troncos, durante cinco horas por la tarde, para conseguir la plata necesaria para poder pagar otra noche de alojamiento a Don Abdón y Doña Teresita.

Por la mañana, mis sospechas se confirmaron. La máquina seguía sin funcionar y no había forma de conseguir plata, así que usé mis últimos diez bolivianos para llamar a mi amiga Gemma, que está en La Paz, para pedirle una transferencia por Western Union para poder seguir el viaje. Pero si a pesar de ese problema estuve tan a gusto en Samaipata se debe a que encontré solidaridad y amabilidad a raudales. Un par de amigos navarros me invitaron a cenar por la noche. Los argentinos compartieron conmigo unos tragos y, a la mañana siguiente, mis ‘caseros’ me invitaron a un rico desayuno. En apenas unas líneas no se puede mostrar lo agradecido que me encontré en aquel momento ante tantas muestras de solidaridad. En gratitud, y cuando conseguí por fin la plata, invité a la pareja de ancianos y a los argentinos a queso criollo de vaca frito con tomate, al más puro estilo yeclano. A los navarros les perdí la pista, seguro que estaban escalando alguna de las múltiples montañas que rodean el hermoso pueblo cruceño. Pero sé que les volveré a ver pronto.

A casa de Joseba

Por la tarde, me dirigí a Vallegrande, ciudad donde fue expuesto el cuerpo del Ché Guevara por última vez tras ser ejecutado por el ejército boliviano. Allí, además de la palabra viva de quienes vieron el cadáver del guerrillero argentino, se encuentra Joseba, un vasco de 45 años que hace cinco decidió empezar una nueva vida en este bonito pueblo. Jubilado en España por invalidez en una de sus piernas, Joseba no se dio por vencido y decidió montar un restaurante en Vallegrande. Hoy, El Mirador es el lugar más apreciado del pueblo si se quiere comer con calidad. Gracias al buen hacer de Joseba, en el Mirador puedes tomar cochinillo a la segoviana por cinco euros al cambio, pollo a la cerveza o incluso “ensaladilla” vasca. Un sinfín de platos típicos del norte de España que está triunfando entre las familias más importantes de todo el departamento de Santa Cruz.

Sin conocernos, sin apenas haber hablando, Joseba y su compañera Isabel me acogieron como uno más de la familia. Me invitaron a una impresionante cena y el miércoles, día del censo en Bolivia, una parrillada nos tuvo entretenidos durante más de diez horas. Cabe decir que, ese día, estaba prohibido salir de casa, pues se proclamó una especie de estado de sitio en todo el país. Es más, yo mismo fui censado como un ciudadano más, por lo que a partir de ahora me considero un poco vallegrandino. Aun así, y a pesar de las amenazas de la policía –pues si me pillaban por la calle me detenían y me ponían una multa de 250 bolivianos- decidí escaparme del hostal para acercarme a la casa de Joseba, ya que el pescado y el pollo a la brasa bien merecían jugarse el tipo. Al final, celebramos una inolvidable jornada donde, además de Joseba e Isabel, se encontraba su pequeña Yuri y un par de amigos, el Tata y su compañera Rosana. ¡Gracias por todo!

Una vez más, grandes dosis de solidaridad, compañerismo, risas, donde el hecho de compartir lo poco que teníamos se convertía en fundamental. Sin embargo, parece que ya se acaba mi experiencia por el valle cruceño. Ahora, salgo dirección a Cochabamba y de ahí salto a Perú para seguir ensimismado por el misticismo de esta tierra. En unos días, tendré la suerte de visitar Machu Picchu. Por fin. Eso sí, ahora me siento mucho más protegido, ya no solo por los grandes amigos que he encontrado en mi camino, sino por la poderosa piedra Andalucía que ya cuelga de mi cuello gracias a Rogerio, ese rastafari brasileño que me volvió a dar esperanza. La aventura sigue.

P.D. La foto no es mía, pero en unos días publicaré algunas, ya que hasta que no llegue a La Paz no podré descargarlas de la cámara.


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