28 de febrero de 2009

Raspay, algo más que una pedanía

Para mí, Raspay siempre ha sido ese “gran” desconocido. Es decir, he sabido de su existencia, lo he visitado un par de veces, pero poco más. Hasta hoy. Me ha entrado la curiosidad. Y moviéndome un poco por Internet he encontrado que Raspay tiene su propia idiosincrasia. Su propia historia. Y si no les importa, voy a contarles un poco más sobre esta pedanía. Quizá muchos conozcan ya lo que voy a narrarles, pero estoy seguro de que otros muchos se sorprenderán como yo me he sorprendido.

Raspay , que se encuentra exactamente a 23 km. de Yecla y a 6 km. de Pinoso, nació a finales del siglo XIX y se desarrolló en torno a la agricultura. Según datos de 2008 cuenta con 119 habitantes y, como ya sabrán, en Raspay se habla también valenciano debido a las múltiples relaciones que tiene y ha tenido con la provincia de Alicante.

Su nombre

La historia de Raspay es relativamente reciente, ya que los primeros datos sobre el poblamiento permanente de la zona se remontan a 1855. El historiador yeclano Miguel Ortuño ha investigado sobre el origen del término que da nombre a la pedanía. Según Ortuño, esta aldea se halla en un paraje denominado del Pino Rasposo, y de ahí podría derivar el nombre de Raspay, aunque también cabe la posibilidad de que el término proceda de raspall, vocablo que en valenciano hace referencia a la escobilla con que se recoge el grano en la era. Por otro lado, Antonio Mateo Jareño, también historiador, añade una tercera opción mucho más legendaria: Raspay podría derivar del término rapiña porque en esa zona se guarecían muchos ladrones.

El Cura Ibáñez

En 1855 apareció por nuestra Yecla la primera persona que se interesó por Raspay, una pedanía que, por aquellos momentos, apenas podía subsistir. Fue Antonio Ibáñez Galiano, más conocido como “Cura Ibáñez”. Miguel Ortuño Palao elaboró una interesante biografía de carácter popular sobre este sacerdote que llegó a ser nombrado obispo de Teruel y Albarracín en 1890. El Cura Ibáñez llegó a Yecla en 1855 y permaneció en nuestra ciudad hasta 1890. Fue quien creó el Colegio de los Escolapios, quien terminó las obras de la Iglesia de la Purísima (de la que fue párroco y arcipreste), y quien fundó el Convento de las Monjas Concepcionistas (donde está enterrado) y el Asilo de Ancianos. Asimismo, Ibáñez Galiano formó una Junta de Fiestas en 1879 que fue el precedente directo de la actual Asociación de Mayordomos.

Pero, además, este sacerdote, del cual hablaré más en profundidad en otra ocasión, fue el primer cura de Raspay. Al parecer, en 1853 el prelado Ibáñez fue ordenado presbítero y, en 1855, radicó en la diócesis de Cartagena como encargado de la rectoría de la pedanía. Según Miguel Ortuño, el Cura Ibáñez solicitó que le destinaran “a un lugar donde nunca antes hubiera ido otro párroco”. Su interés radicaba en conocer muy de cerca el mundo rural. Y le enviaron a Raspay, una pedanía repleta de carencias y dificultades. Varias citas explican que cuando los raspaleños vieron aparecer a aquel señor con sotana exclamaron que había llegado al pueblo “un hombre con faldas”, pues nunca antes habían visto a un sacerdote. Aunque sólo permaneció dos años en la pedanía, ofició multitud de misas, aunque no está claro dónde, pues la actual iglesia no fue construida hasta principios del siglo XIX. La leyenda popular menciona una ermita que, posiblemente, ocupó el solar del templo actual.


Pero Raspay y su historia tienen otros dos nombres propios: Pedro Alcántara del Portillo y Ortega y, sobre todo, Ricardo Yáñez Sánchez, que fue alcalde pedáneo durante 28 años.

Fundador de la Iglesia y las escuelas

Pedro Alcántara del Portillo y Ortega nació en Yecla en 1835. Se le recuerda como un hombre de gran generosidad que colaboró incluso económicamente para la fundación del periódico La Verdad. Pedro Portillo tenía muchas posesiones en Raspay y fue quien edificó la Iglesia en 1904 y estableció una comunidad de monjas salesianas. Poco después marchó a Madrid, pero dejó como representante suyo en Yecla al sacerdote Cosme Soriano Ortuño, además de legar 40.000 pesetas (de la época) para poder construir dos escuelas.

Ricardo Yáñez Sánchez, el alcalde

Ricardo nació en 1898 en la pedanía de Los Pulgateros, término municipal de la localidad alicantina de Pinoso. Siendo todavía niño, su padre falleció y su madre volvió a contraer matrimonio con un vecino de Raspay. Fue entonces cuando la familia se trasladó a vivir a la pedanía yeclana. Allí, Ricardo se casó con Liduvina, con la que tuvo tres hijos: Caridad, Gregoria y Francisco. Durante toda su vida se dedicó a la agricultura como mediero en la finca “Casa Nueva”, trabajo que compaginó con su gran pasión: la política. Ricardo Yáñez fue alcalde pedáneo durante 28 años, concretamente de 1947 a 1975, año en que falleció.

Gracias a su apasionada gestión, a Raspay llegó el agua potable, el teléfono, la pavimentación de las calles y los accesos, la luz eléctrica y el alcantarillado. Todavía hoy, Ricardo es recordado por los vecinos de la pedanía como un hombre de buen carácter, amable y entregado por su pueblo. El 9 de septiembre de 1973, unos meses antes de morir, se le impuso la Medalla de Plata de la Constancia de la Cruz Roja Española, organización de la que era miembro. Ricardo Yáñez murió en Raspay el 24 de abril de 1975 y a su entierro, que fue multitudinario, asistieron un buen número de autoridades de pueblos limítrofes y una compañía uniformada de la Cruz Roja de Yecla. El 5 de septiembre de 1976, para honrar su memoria, los vecinos decidieron levantar un monumento con su busto en la plaza de la pedanía, que también lleva su nombre. Casi por unanimidad, y tras su muerte, los vecinos de Raspay decidieron que Francisco Yáñez Rico, hijo de Ricardo, sustituyese a su padre como alcalde pedáneo, cargo que ocupó hasta 1979.

Como pueden observar, a pesar de tener sólo 150 años de historia y algo más de 100 habitantes, Raspay tiene su propia vida. Pero todavía hay mucho más que contar. Su tradición, sus fiestas, su gastronomía, su estilo de vida… Por eso, en próximos artículos seguiré hablándoles de esta pequeña pedanía que, según creo, está olvidada por muchos yeclanos. Y quizá también por las autoridades municipales.

Fuentes

  • JAREÑO LÓPEZ, A-M. Radiografía de los territorios murcianos de habla valenciana. Murcia, 1993.

  • ORTUÑO PALAO, M. y ORTÍN MARCO, C. Diccionario del habla de Yecla, Yecla, 1999.

  • ORTUÑO PALAO, M. y ORTÍN MARCO, C. Las calles de Yecla. Barcelona, 2003.

  • Portal www.regmurcia.com

15 de febrero de 2009

Quiero listas abiertas para Yecla

Hace unos días tuve la suerte de asistir a una magnífica conferencia de Miguel Herrero de Miñón. Para quienes no lo conozcan, cabe destacar que este gran jurista es uno de los siete padres de la Constitución Española y uno de los protagonistas más destacados de la Transición. Asimismo, fue portavoz de la desaparecida UCD y, más tarde, de Alianza Popular, pero acabó desvinculándose de la política cuando fue apartado del entonces recién creado Partido Popular (al cual optó a la presidencia, pero fue derrotado) en 1993. Actualmente, y con 68 años, Herrero de Miñón es miembro del Tribunal Constitucional de Andorra y Letrado del Consejo de Estado en España. Y este gran jurista defendió una teoría que yo también abogo desde hace mucho tiempo: el sistema electoral que se aprobó en su día y que se recoge en la Constitución Española no funciona en los municipios. Es decir, el sistema de listas cerradas puede ser coherente a nivel nacional, pero nunca a nivel local. Por tanto, Herrero de Miñón, artífice en su día de la denostada Ley Electoral, pidió un cambio urgente. Pero, ¿qué diferencia existe entre un sistema con listas cerradas y uno con listas abiertas?

Las listas abiertas hacen referencia a una característica que se da en algunos sistemas electorales de representación proporcional. Países como Suecia, Finlandia, Luxemburgoo Suiza ya han adoptado este sistema. Cuando existen listas abiertas, los electores tienen mucho más poder en el orden en que los candidatos de un partido son elegidos. El orden de votos individuales es el que determina el orden de los candidatos dentro de cada partido. Es decir, que se vota a la persona. A mí me pueden gustar varios candidatos del PP, del PSOE, de IU. Por eso voto a quien yo quiero y a quien realmente creo que puede aportar algo a la sociedad.

Esto nos ofrecería una campaña electoral local mucho más interesante, en la que se hablaría verdaderamente de los temas que importan. Aquellos candidatos de cada partido que fueran a ser concejales de Urbanismo hablarían de urbanismo, igual ocurriría con los de Deporte o con los de Educación. Todos podríamos ver quién está más formado según la concejalía para la que se presente. Este sistema es muy parecido al que actualmente se emplea para elegir a los senadores, lo único es que votamos “a ojo” porque, normalmente, no conocemos a casi ninguno de los que se presenta. Por eso, a gran escala este sistema de listas abiertas podría hacer aguas, porque se votaría a ojo o, simplemente, a los primeros de la lista. Esto ocurre actualmente en el Senado, donde la mayor parte de los asientos están ocupados por personas que tienen apellidos empezados por A, B o C, pues estas listas se ordenan por orden alfabético y los electores ponen la cruz a los primeros nombres que leen.
En definitiva, es un sistema que serviría muy bien a nivel local, por el que los partidos como tal perderían peso y ganarían las personas. Las personas más válidas para dirigir cada departamento. Esto también serviría para que los partidos pequeños no tuvieran que superar esa barrera casi insalvable del 5% de votos emitidos para poder “optar al reparto” de escaños, independientemente de la idoneidad de sus candidatos.

El sistema de listas abiertas garantizaría un resultado mucho más equilibrado. El elector vota a cada candidato, no a la totalidad de unas siglas vacías. Como decía antes, la competencia ya no es sólo entre partidos, o entre posibles alcaldables, sino que se da una competencia individual que potenciaría la democracia directa. Este sistema permite elegir a individuos procedentes de distintas sensibilidades políticas, con lo que el Ayuntamiento se conforma con personas que pueden pertenecer a una misma lista o a distintas listas, con lo que se merma el poder de los partidos y aumenta el de los ciudadanos.
En un pueblo como Yecla nos conocemos todos, por eso es mucho más consecuente este sistema donde podríamos votar a aquellos ciudadanos que, de verdad, están más preparados para realizar las distintas labores municipales. Porque, ateniéndonos a este sistema, ¿cuántos concejales de los 21 que existen actualmente no estarían sentados donde están? Si este sistema llegara a aplicarse alguna vez, y espero que así sea, los propios partidos serían los primeros interesados en colmar sus listas con ciudadanos verdaderamente válidos y preparados para la función que vayan a desempeñar. Se acabarían los amiguismos y los enchufismos y el pueblo sería el mayor beneficiado. ¿Se puede pedir más?
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Pueden encontrar también este artículo en mi blog de elperiodicodeyecla.com

14 de febrero de 2009

La leyenda de la misteriosa dama Eruvigi...

Muchas son las leyendas que circundan a nuestra Yecla. Historias fantásticas, o no tanto, que han perdurado en la memoria de los yeclanos generación tras generación. Unas más oscuras, otras más simpáticas, pero siempre misteriosas. Deambulando por Internet, he encontrado un par de artículos que me han traído a la mente a un personaje de mi infancia y al que tenía ya cobijado en un rincón cercano al olvido. Me refiero a la dama Eruvigi, esa señora que se aparecía en las noches de luna llena y tormenta, acompañada por un fiero perro.

Pero también he encontrado un estudio de Juan F. Jordán Montes en el que se barajan varias leyendas en torno a la dama Eruvigi. Espero que los lectores mediante sus comentarios puedan corroborar la más ajustada a la leyenda, para así, entre todos, poder crear un origen común a la misteriosa dama que se aparecía en la Fuente del Pinar. Según Jordán Montes, en este paraje se hallaron varias variantes del mismo relato que “seguramente corresponden a diferentes momentos históricos o a distintos intereses del relator”.

La primera de las versiones, y quizá la más extendida, dice así:

La dueña del paraje quería construir un hospital para niños en la Fuente del Pinar. Murió una noche de luna llena y lloviendo. Al cabo del tiempo, como no pudo cumplir su promesa, se la veía pasear por los caminos del entorno acompañada de su perro; pero únicamente en los días de lluvia y de luna llena. La causa era en efecto que los parientes, una vez fallecida la dama Eruvigi, se habían negado a cumplir el deseo de levantar el hospital infantil. El perro de la dama Eruvigi solía atacar a los parientes insolidarios con el dolor y el deambular de su dueña en el otro mundo. Incluso llegaba a matarlos.

El segundo testimonio recogido por Jordán Montes explicaba lo siguiente:

Existió un conde que se casó con la dama Eruvigi, dueña de la Fuente del Pinar. La dama quería construir un hospicio para niños. Mas el conde se negaba a dicha pretensión porque sólo deseaba la fortuna de Eruvigi cuando ella muriera. A tal fin, la encerró en una habitación y allí murió de hambre y olvidada por todos. Pero antes de perecer lanzó una maldición contra su marido el conde: aparecería todas las noches de luna llena y le mataría por su mala conducta.

Por último, la tercera versión lo explica de la siguiente manera:

Existió la condesa Eruvigi que estaba enferma de lepra. Mientras estuvo enferma solía pasear de incógnito por los campos próximos, oculta bajo una sombrilla para disimular su feo aspecto e impedir la repugnancia que pudiera causar entre los que la conocían. Sentía vergüenza por su aspecto. Un pastor, sin embargo, la reconoció un día. La condesa se vio obligada a matar al infortunado joven y levantó con sus propias manos una cruz de madera sobre el sitio del homicidio. Tras la muerte de la condesa, se la veía aparecer de vez en cuando, con un camisón blanco, portando una vela encendida y con su sombrilla abierta. Se dice que la condesa fue enterrada en la capilla de la ermita de la casa del Pinar.

¿Qué hay de realidad y qué de ficción en la leyenda de la dama Eruvigi? ¿Qué versión es la que han escuchado ustedes de la historia? El propio Jordán Montes, en un artículo publicado en 1997 en la Revista Murciana de Antropología defendía que la leyenda de la dama Eruvigi podría derivarse de alguna lejana historia que tuviera como protagonista a una encantada o ninfa. Según el propio autor, "las encantadas generan una serie de leyendas bellísimas, con numerosos símbolos de no fácil interpretación. Básicamente son seres femeninos jóvenes, de extraordinaria belleza que se vinculan a fuentes o a cuevas con agua o ríos en las inmediaciones". ¿Fue la dama Eruvigi una invención? ¿Evolucionó su leyenda de otra más antigua relacionada con alguna ninfa? ¿O quizá sí existió alguna mujer vinculada a esta historia? Espero sus respuestas...


Fuentes:


1. Jordán Montés, J.F., "Seres sobrenaturales y míticos en comunidades campesinas tradicionales del sureste español", en Revista Murciana de Antropología, núm. 2, 1997, págs. 83-121


2. Jordán Montés, Juan F., "Oraciones y fórmulas tradicionales en Yecla", en Revista Murciana de Antropología, núm. 1, 1994, págs. 55-89


3. Imagen en ciencia.nas.gov

1 de febrero de 2009

Las misteriosas cabezas de la otra Yecla (II)

La pasada semana, les hablé de unas misteriosas cabezas celtas que fueron halladas en el castro vetón de Yecla de Yeltes. (Pinche aquí para leer ese artículo). Les comenté que estas cabezas tenían mucho misterio escondido. Los historiadores que han estudiado la cultura celta hablan de “Cabezas Trofeo”. Pero, ¿por qué?

En 1956 fue hallada la primera cabeza celta en el noroeste de la Península, en Narla, un pequeño pueblo de la provincia de Lugo. Fue entonces cuando, por fin, empezaron a entenderse las leyendas que, muchos siglos antes, habían dejado los historiadores grecorromanos más importantes. ¿Qué representaban estas cabezas? ¿Eran un mero elemento decorativo o algo más simbólico? Diodoro Sicuro, historiador griego del siglo I a.C., nacido en Sicilia, narraba así en su libro V, dedicado a la historia de Europa, la macabra costumbre de los pueblos celtas que poblaban el norte de la Península Ibérica:

“Cuando cae un enemigo le cortan la cabeza y la atan alrededor del cuello del caballo; o bien, entregando los despojos ensangrentados a sus sirvientes, se dedican a saquear entonando el peán [canto guerrero dedicado a los dioses] y cantando el himno de la victoria y cuelgan en sus casas lo mejor del botín, como en algunas cacerías se hace con las fieras. Untan, por otra parte, con aceite de cedro las cabezas de los enemigos más señaladas y las conservan cuidadosamente en una caja para luego mostrárselas a los huéspedes, orgullosos de que esa cabeza ninguno de sus antepasados, ni su padre, ni él mismo ha consentido en darla por una gran cantidad de dinero. Se dice también que algunos de ellos se vanaglorian de que no aceptaron por la cabeza su peso en oro, haciendo gala de una más bien bárbara magnanimidad, y no porque no sea noble el negarse a traficar con las insignias del valor, sino porque es propio de fieras el combatir al semejante, aun después de muerto”.

Aun así, la referencia más antigua a este tipo de hábito celta la encontramos en el famoso historiador latino, Tito Livio (I a.C.), al relatar la batalla de Sentinum en el 295 a.C.: “Los jinetes galos llevan las cabezas colgadas del pecho del caballo y clavadas en sus lanzas, mientras entonan los cánticos que acostumbran”. El mismo Livio atribuye esta costumbre a los Boios [pueblo de raigambre celta originario de La Galia] en el año 216 a.C.: “Los caudillos de los Boios llevan en triunfo al templo, que entre ellos es más venerado, los despojos del cuerpo y la cabeza cortada. Luego que, como tienen por hábito, han limpiado cuidadosamente la cabeza, adornan el cráneo con oro, y esto les sirve de vaso sagrado con el que hacen las libaciones en sus solemnidades, así como de copa para los sacerdotes y encargados del templo”.

Al parecer, esta costumbre la tenían todos los pueblos del norte de Europa. Pero, está claro que no era una simple “cosecha de cabezas”. Al ser considerada esta parte del cuerpo como la residencia del espíritu, eran cortadas antes de que éste lo abandonase. Según sus creencias, eso suponía poseer el espíritu del enemigo vencido, al que por un lado se le impedía proseguir su camino al más allá y por otro se le obligaba a proteger, al modo de un talismán, a su dueño, al que también traspasaba su coraje y valor. Las casas, las puertas del poblado, los recintos sagrados estaban adornados con cráneos, normalmente bien limpios y pulidos, pero en algunas familias celtas especialmente ricas tenían en sus hogares cabezas momificadas con un carísimo aceite de cedro (árbol endémico del Líbano). Eran cabezas especiales, que pertenecieron a grandes guerreros o a reyes a los que les llegó su hora. Su valor era incalculable y se heredaba como parte del patrimonio familiar. De hecho, en algunos lugares de la Céltica, los jóvenes tenían como prueba iniciática final el salir de “cosecha”, regresando con la consabida cabeza, lo que le facilitaba entrar con pleno derecho en el estrato social de la casta guerrera dominante.

Algunas familias, e incluso coleccionistas, optaban por pagar un buen rescate por la cabeza de alguno de los suyos. Normalmente, las familias que las poseían no se desprendían de ellas. Aun así, esto era un merecido homenaje para el guerrero caído en combate. En caso de que se concretara “la venta”, correspondía a un druida, (sacerdotes de los pueblos celtas del norte de Europa), realizar el ritual correspondiente para liberar el espíritu, agujereando el cráneo para indicarle el camino a seguir en su ruta por el más allá. De hecho, esto explicaría el porqué varios cráneos encontrados en Barcelona o en Soria están atravesados por un clavo.

Además, se encuentran dos testimonios escultóricos que confirman esta bárbara costumbre. El primero es un relieve hallado en Entremont, uno de los 14 distritos del cantón de Valais en Suiza, que representa a un jinete, de cuyo caballo cuelga una cabeza humana. El segundo es una moneda en la que se ve a un celta con una cabeza en la mano, costumbre imitada por los romanos en una escena de la Columna Trajana, en la que dos guerreros muestran las cabezas amputadas de sus compañeros. Estas representaciones de cabezas confirmarían también los textos encontrados que hablan de sacrificios humanos en la Península Ibérica. Unas veces se trata de sacrificios humanos en honor de los dioses, como cuando los bletonenses, gentes que moraban no lejos de Salamanca, inmolaban personas a sus dioses entre los años 96-94 a.C. Estos hechos motivaron la intervención del procónsul de la Hispania Ulterior, Publio Craso, para castigar a los jefes que se excusaron alegando la ignorancia de la existencia de las leyes que prohibían semejantes sacrificios, según narra el historiador Plutarco.

Sacrificios humanos
Otras veces, los celtíberos utilizaban los sacrificios humanos en prácticas de adivinación, con un ritual muy semejante al empleado por los druidas y por los galos. El historiador griego Estrabón, nacido en la actual Turquía, narra así estos atípicos sacrificios en el siglo I a.C.: “Son muy aficionados [los celtas] a sacrificios humanos y examinan los intestinos sin sacarlos. Examinan igualmente las venas del pecho, y dan oráculos palpándolas. (…) Cortan igualmente las manos de los prisioneros y dedican a sus dioses las manos derechas”.

Finalmente, los romanos obligaron a los celtas a abandonar estas costumbres, tanto la de conservar las cabezas untadas en aceite de cedro como la de los ritos de adivinación mediante sacrificios humanos. Crucificar a los enemigos o clavarles flechas en la espalda una vez muertos para sacar vaticinios de palpar la espalda ensangrentada, también fueron prohibidos. Aunque es cierto que cada pueblo celta tenía sus propias costumbres de sacrificio.

La evolución de la leyenda
Las cabezas cortadas pasaron al arte como esculturas que adornaban dinteles, muros, joyas o monedas. Algunas, como las del santuario galo-celta de Entremont, que cité anteriormente, considerada tradicionalmente como una puerta al infierno, tienen un inquietante aspecto al no tener marcadas las órbitas de los ojos, lo que podría indicar que fueron hechas tras la muerte de las personas que representan. También las cabezas de Yecla de Yeltes demostrarían esta teoría. Los celtíberos empezaron a crear imitaciones en piedra de las cabezas de sus enemigos para que no se perdieran con el tiempo. Con ellas decoraban todo tipo de edificaciones.

Con el paso del tiempo, el carácter espiritual que los celtas daban a las cabezas no pasó desapercibido a los monjes cristianos, que no dudaron en incluirlas en la decoración de los nuevos templos, facilitando así la conversión a la nueva fe con los elementos familiares. Así llegaron a convertirse en un elemento recurrente del arte medieval, hasta que poco a poco llegó a perderse el recuerdo de su uso originario.

Y aún hoy en día, aunque pocos sean conscientes de ello, el ritual se repite de manera simbólica en la noche de Todos los Santos, “renacida” por el márketing americano como Halloween y que reproduce de una manera bastante patética la parafernalia del Samhain celta. Esta noche tan especial, que significaba el año nuevo celta, también era la noche en la que las puertas que separaban el mundo de los muertos y los vivos permanecían abiertas, con la posibilidad de que los ancestros visitasen a los de su estirpe, tanto para felicitarlos como para castigarlos en caso de no haber cumplido con las expectativas. Esa noche, los cráneos servían como lámparas, posiblemente con la idea simbólica de iluminar el camino de los espíritus en su viaje entre los dos planos. Ahora, las calabazas americanas, con agujeros que forman grotescas calaveras, son las que iluminan esa noche mágica donde los espíritus celtas han sido sustituidos por ridículos zombis y monstruos varios.

Fuentes consultadas:

1. José María Blázquez Martínez Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones[Publicado previamente en: VII Congreso Arqueológico Nacional. Barcelona 1961, Zaragoza 1962, 217-226. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, bajo su supervisión y con la paginación original].

2. A. Balil: Cabezas cortadas y cabezas trofeos en el Levante español, en Congreso internacional de Ciencias prehistóricas y Protohistóricas, Actas de la IV sesión, Madrid, 1954, 871 ss.

3. Manuel Velasco, Cabezas cortadas, artículo publicado en la revista Año/Cero. Año 2008.

4. José María Blázquez Martínez Antigua: Cabezas cortadas [Otras ediciones en: Historia 16, nº26, 1978, 33-39]. Versión digital

5. Ilustración, Angus McBride, 1995. En ella se puede ver a un grupo de celtas en plena batalla. El guerrero que va en caballo tiene varias cabezas enemigas asidas a la silla.