20 de enero de 2011

La leyenda de Diente Negro, el Penitente

Según narra Juan F. Jordán Montés en el artículo “Oraciones y fórmulas tradicionales en Yecla”, publicado en la Revista Murciana de Antropología en 1994,  en Yecla se contaba la historia de Diente Negro el Penitente, un demonio con pies de ave que perseguía y acosaba a los no creyentes. El demonio deambulaba por los caminos del Altiplano con hábito de franciscano y tanteaba la fe de los viajeros o de los campesinos que se encontraba en su derrotero. 

Si el labriego o el pastor llevaba reliquias se podía considerar afortunado y se salvaba de las acechanzas y de las manos de Diente Negro, porque eran capaces de dejar marcas de quemaduras en las maderas de las puertas que tocada y que cerraban asustadas las gentes que escapaban ante su presencia o que le veían venir de lejos.

Un campesino no creía en Dios. Su madre, un día, a escondidas, le cosió en la ropa una cruz, a la altura del pecho. El campesino llevó a su mula a un manantial para que bebiera y le salió allí un hombre de pequeña estatura con hábito de franciscano que le preguntó si le podía indicar dónde se encontraba la finca de la Magdalena donde, según afirmaba, había una comunidad de hermanos.

El campesino le indicó la dirección correcta. Mas al ir a agacharse para acordonarse las alpargatas, se percató de que dicho fraile tenía unos pies de ave. Se asustó tremendamente y salió corriendo hacia casa con la mula. El fraile le perseguía de cerca, pero sin poder darle alcance, pues el campesino acertó a montar encima de la mula y cabalgar. Cuando llegó al postigo de su casa, junto a la iglesia del Niño Jesús, entró deprisa y cerró la puerta. El fraile, que casi le alcanza pese al galope de la montura, colocó su mano en la hoja de la puerta y la quemó en la parte donde tocó la madera. Exclamó el supuesto fraile: “¡Anda que si no fuera por las reliquias que tu madre te puso no te habrías librado de mí!”.

Esta historia se narraba, según una de las fuentes con las que habló Jordán Montés, a los niños pequeños para que nunca se despojasen, en sus juegos, en sus callejeos y en su vida diaria, de las medallas que sus solícitas madres les colocaban prendidas en sus ropas, para preservarles de todo daño, mal de o ojo o amenaza.



Esta misma historia aparece, mucho más desarrollada, en el libro Memoria de apuntes para la historia de Yecla de Pascual Giménez Rubio, publicado en 1865. Transcribo el capítulo a continuación:

Cuenta la tradición, que a mediados del siglo pasado existía en la Villa un mozo de mulas que servía en la casa de D. Gabriel Ortuño, de vida en su clase muy relajada y de viciosas costumbres. (La casa de que se trata es la contigua a la parroquia del Niño Jesús, en el costado del saliente, según explica Giménez Rubio)

Este hombre, merced a las exhortaciones de personas interesadas en su bien, mejoró sus libertinas inclinaciones y vivió algún tiempo honradamente, y se dice que a un lance bien extraño, debió su completo arrepentimiento.

Una noche salió como de costumbre a abrevar las mulas en la acequia de esta Villa, que para la labranza tenía entregadas a su cuidado, y cuando regresaba a su casa se le presentó un desconocido provocándole a que le siguiera, por tener que ventilar con él ciertos asuntos. Nuestro hombre, que no pecaba de medroso y que juzgaría rebajado su amor propio si no oía las razones o reconvenciones de su interpelante, le ofreció que le seguiría muy luego. Dejó las mulas en casa de su dueño y por el postigo o puerta falsa de la misma salió dejando ésta encajada a ver a su presumido adversario.

Muy luego le encontró, y retándole aquél a separarse lejos de la población para discutir sus asuntos, consintió en ello, y juntos marchaban en dirección de la fuente antigua, cuando al llegar al punto titulado el rebalso, notó que su compañero no tenía los pies de FORMA HUMANA.

Observando tan estupendo fenómeno, creyó ser conducido por Satanás, confirmándole en ello las pocas expresiones que le había dirigido en el tránsito, infamándole por su cobardía, por haber abandonado a sus amigos y antiguas relaciones, entrando en una cofradía de penitentes y haciendo pública ostentación de beatería.

El buen mozo de mulas no las tuvo todas consigo: se encomendó en sus devociones, se detuvo simulando que se arreglaba el calzado, dio lugar a que el compañero se alejase algún tanto, y revolviendo con resolución e invocando santos nombres, llegó después de una impetuosa carrera al postigo entreabierto, entró y lo cerró súbito.

El desconocido que le seguía, blasfemando por los conjuros que aquel le dirigiera, al llegar al postigo ya cerrado, plantó en él la mano candente y la dejó señalada. Cuya marca indeleble hizo perpetuar la memoria de la ocurrencia.

Hace poco tiempo (hablamos de 1865) se conservaba todavía la madera de la puerta envejecida, en la que por evitar la curiosidad pública se había sustituido la tabla de la señal abrasada con otra nueva. El resultado parece fue que el mozo de mulas, convertido en penitente tiempo antes de aquella extraña aparición, terminó con ella su total enmienda.

Fue admitido en la orden descalza de san Francisco. Llegó a ser sacerdote y famoso orador conocido por Fray Martín de la Mota. Predicó en esta Villa algunas cuaresmas con grande fruto, y después de observar su regla con la más ejemplar virtud y sumisión, falleció y fue enterrado en el convento de Villena en la más santa reputación.

Aunque no ha llegado a nuestras manos, se dice estar manuscrita la historia de este suceso. Pero en algunas notas sueltas y en la tradición, es lo único que hemos podido adquirir sobre DIENTE NEGRO, EL PENITENTE.


En el libro Yecla. Memorias de su identidad, se habla de este siglo XVIII como una época de “crisis social y religiosa”. Por lo que ciertas leyendas de antaño relacionas con la mística, “serán aventadas cual cuentos moralizantes por el romántico y caótico Pascual Giménez Rubio, a través de su hoy trasnochada y tan socorrida obra titulada Memoria de apuntes para la historia de Yecla”. Según este libro, coordinado por el arqueólogo Francisco Muñoz, estos relatos carecen de carta de naturaleza histórica, y en aquel tiempo sirvieron para amedrentar a las gentes tratando de imponer ciertos hábitos de buena costumbre en la sociedad mediante el temor, el amedrentamiento y el castigo; o bien, con ello se trataba de incentivar o de eludir ciertos o posibles compromisos para con la sociedad por parte de la orden mendicante allí instalada, puesto que este tipo de leyendas tiene relación con la comunidad franciscana que existió en Yecla.

Es más, según el libro de Francisco Muñoz, el protagonista de la historia no era un mozo de mulas, sino un mancebo galán, que más tarde (en 1692) ingresaría en la orden descalza del Convento de Santa Ana del Monte de Jumilla y bajo el nombre de fray Pedro Ortega (y no fray Martín de la Mota). Asimismo, concluye, que llegó a ser un buen predicador, además de Guardián y Definidor de la Provincia, y autor de varios tratados y discursos sobre moral, según noticias aportadas por fray Pascual Salmerón a finales del XVIII.

Dedicado a todos aquellos que en estos días han disfrutado con mi artículo sobre la leyenda de la dama Eruvigi. Gracias.
  

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