8 de febrero de 2011

La máquina que venció a Napoleón al ajedrez

En aquel otoño de 1769, el barón húngaro Wolfgang von Kempelen no podía imaginar la que se le venía encima cuando fue invitado a la corte de la emperatriz Maria Theresa de Austro-Hungría. Al llegar allí, la emperatriz le anunció que había sido invitado para ser testigo de la actuación de un prestidigitador francés. Kempelen, entendido en física, mecanismos e hidráulica, debía intentar explicar a Maria Theresa los trucos del francés aplicando la ciencia. Pero más que eso, la actuación dio una idea magistral a Kempelen que le hizo famoso: construir una máquina extraordinaria que combinando 'magia' y ciencia supiera pensar y jugar al ajedrez.

Tras seis meses de arduo trabajo, presentó el autómata: un hombre mecánico, vestido con un atuendo oriental, sentado detrás de un gabinete de madera y capaz de jugar al ajedrez. Antes de cada partida, Kempelen retiraba el ropaje al “Turco”, que así se llamó más tarde a la máquina, para demostrar que dentro no se escondía ningún hombre. Aseguraba que todo era fruto de un milagro.
Pero el “milagro” se le fue de las manos. En aquellos tiempos era común elaborar juguetes automatizados y mecánicos para entretener a la realeza, por lo que pronto se corrió la voz de la gran máquina ideada por Kempelen. Tanto que su fama se extendió a través de toda Europa, llegando incluso a América. La desesperación del inventor era cada vez mayor...

Durante los 85 años de historia de la máquina, el famoso autómata de Kempelen consiguió vencer a personalidades como Benjamin Franklin, Catalina la Grande, Napoleón Bonaparte, Charles Babbage y Edgar Allan Poe. Pero, ¿fue este artilugio el primer ordenador o máquina pensante?

A los ojos modernos, en una era en la que se requiere de una supercomputadora para derrotar a un campeón de ajedrez, parece obvio que la máquina de Kempelen tenía algo de truco. En realidad, se la conoce como “el falso autómata”, puesto que se demostró que la máquina de ajedrez funcionaba bajo un fraudulento control de un operador humano, algo así como un títere movido por hilos. La cabina era una ilusión óptica bien planteada, que permitía a un maestro del ajedrez esconderse en su interior y operar al Turco como si fuera un maniquí.

El Turco se hizo tan famoso que robaba la atención a los otros inventos de Kempelen y el Barón desesperado se lo vendió a Johann Nepenuk Maelzel, el inventor del metrónomo, que se lo llevo a América. Allí, como ya cité más arriba, venció a Edgar Allan Poe, que escribió un ensayo para desenmascararlo, titulado El jugador de ajedrez de Maelzel, donde decía: “Existe un sujeto, un tal Schlumberger, que acompaña a Maelzel donde quiera que va... nunca se deja ver durante las exhibiciones del jugador de ajedrez, pese a que frecuentemente se encuentra visible antes y después de las mismas... Hace algunos años Maelzel visitó Richmond con su autómata, Schlumberger cayó súbitamente enfermo y durante su enfermedad no hubo exhibiciones del ajedrecista. Las inferencias de estos hechos las dejamos, sin más comentarios, al lector”.

Aun así, durante el siglo XVIII se construyeron verdaderos autómatas de extraordinario ingenio. Como, por ejemplo, el pato mecánico de Jacques de Vaucanson, el toca-clavicordio de Henri Louis Jaquet-Droz y la Dama bailarina de John Joseph Merlin. Estos dispositivos mecánicos ya parecían mágicos, por lo que el hecho de pensar que la máquina de Kempelen realmente pudiese jugar al ajedrez no era descabellado. Aun así, hay investigadores que critican la teoría anteriormente expuesta del “experto en el interior”, ya que alegan que el hueco era demasiado pequeño. ¿Se trataba de trucos mecánicos, magnetismo? ¿O realmente se encontraba un enano, un niño o un hombre sin piernas en el interior? ¿Era la máquina controlada remotamente desde otro cuarto o bajo el suelo? Nunca lo sabremos.

De lo que no hay duda es de Kempelen consiguió que la gente debatiera y se cuestionara acerca de si las máquinas eran o no capaces de razonar. ¿Podrían llegar a imitar facultades y reacciones humanas? Según se recoge en el libro “El Turco”, publicado en 2002 por Walter & Company, “el debut de la máquina coincidió con los principios de la Revolución Industrial, cuando las máquinas por primera vez empeazaban a desplazar a los trabajadores humanos y se estaban redefiniendo las relaciones entre máquinas y humanos. El jugador de Ajedrez presentaba un desafío hacia cualquiera que se refugiaba en la idea de que las máquinas podían ser capaces de superar a los humanos físicamente, pero no mentalmente”.

El Turco fue donado al Museo Peale de Filadelfia. En 1854, 85 años después de su construcción, fue destruido en un incendio. Según un libro publicado por Silas Mitchell, hijo de John Mitchell, último dueño de la máquina, al menos 15 jugadores de ajedrez habían operado al autómata a lo largo de su existencia. Aun así, nadie pudo demostrar que verdaderamente ese fuera el secreto de la extraordinaria máquina de Kempelen. 

Si deseas conocer más anécdotas sobre esta máquina, pincha aquí
  

4 comentarios:

David Val Palao dijo...

Y pensar que me entero de estas cosas viendo Saber y Ganar... Soy fan de este programa desde hace más de 10 años.. Se merece un post!

Anónimo dijo...

Y uno de nuestro pueblo se llevó buena pasta participando en ese concurso.

Elena

el inefable Pedro dijo...

Estupenda entrada.
Por cierto yo siempre hablo bien de la tele. Todo depende de lo que veas.El domingo (por esa mísma tele) me enteré por fín de que son los números primos.

David Val Palao dijo...

Tienes razón, Elena. Estuvo Francisco Palao durante unos 50 programas y hace poquito volvió, en los especiales por el programa 3.000 (creo recordar) y estuvo otros tres. XD