20 de febrero de 2011

Los países árabes se movilizan contra los dictadores


Primero fue la sociedad tunecina la que salió a la calle a principios de 2011 para pedir la marcha del presidente y de su régimen. Incapaz de imponer su ley y orden tras pocas semanas de revueltas, Zine el Abidín Ben Ali se vio forzado a huir del país el 14 de enero. Unos días más tarde, las protestas sociales llegaron a Egipto. Millones de personas pidieron en las calles la salida de Mohamed Hosni Mubarak del poder. Finalmente, consiguieron que el dictador abandonara el país el 11 de febrero.

Y las revueltas se propagaron como la espuma. Se propició el cambio de gobierno en Jordania, el dictador de Yemen se comprometió a abandonar el poder cuando terminara el mandato, los árabes salieron los árabes a las calles de Bahrein, donde la respuesta del ejército a la presión ciudadana ha desembocado en muerte y caos, y los libios se levantan estos días en contra de Gadafi y sufren también una brutal represión. Incluso Marruecos empieza a hacer ruido.

Pero, ¿por qué se levantan los ciudadanos? La crisis de liderazgo se extiende por los países árabes como muestra del divorcio entre una sociedad hastiada y un modelo de Estado que no ofrece ni oportunidades ni libertad a sus ciudadanos.

Según Haizam Amirah Fernández, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano, aunque las dificultades económicas fueron la chispa que hizo saltar las protestas sociales en Túnez, “el trasfondo ha sido político”. Las sociedades árabes tienen en común un profundo malestar de sus poblaciones “por la falta de oportunidades para prosperar, por la creciente carestía de la vida, por la rampante corrupción y por las humillaciones cotidianas por parte de los agentes del poder”.

La falta de buen gobierno durante décadas ha generado un profundo desapego de los ciudadanos árabes hacia sus gobernantes. La ausencia de justicia social está generando frustración e ira en unas poblaciones muy jóvenes que miran al futuro sin esperanza.

Pero nadie se atrevía a hacer nada. Hasta que Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante de verduras de 26 años, se quemó a lo bonzo en Túnez el 17 de diciembre porque la policía le había incautado los productos que transportaba en un carro. Este hecho fue la chispa que desencadenó unas revueltas que ya estaban fraguándose a través del ciber-activismo propagado por Internet, la crisis económica y las revelaciones de Wikileaks.

Los dirigentes autoritarios pensaron que sus poblaciones permanecerían pasivas, sometidas o anestesiadas, pero acaban de descubrir que la paciencia de sus ciudadanos tiene un límite. Sin duda, se está llevando a cabo el levantamiento regional más sorprendente que se recuerde. Hay quien lo compara con el ocurrido tras la caída del Muro de Berlín en la Europa del Este, pero no es contrastable. Nadie sabe a lo que llevarán estos levantamientos.

Como dice el activista estadounidense Noam Chomsky “los problemas por los que los manifestantes protestan son de larga data y no se van a resolver fácilmente. Hay una pobreza tremenda, represión, falta de democracia y de desarrollo”. Egipto y otros países de la región pasaron recientemente por el periodo neoliberal, que trajo crecimiento “en los papeles” junto con las consecuencias habituales: alta concentración de la riqueza y de los privilegios, ligado a un empobrecimiento y una parálisis de la mayoría de la población.

Pero la gran diferencia con otras revoluciones acaecidas anteriormente en estos países es que ahora, por primera vez, es la población quien se deshace de un gobierno vitalicio sin que se dé un golpe militar, intervenga una potencia extranjera o avance el extremismo religioso. Es decir, la rebelión social se inició en pequeñas poblaciones, propagándose rápidamente a todo el país. Ni los políticos ni los intelectuales estuvieron en el origen de las manifestaciones en las que se mezclaron tunecinos y egipcios de toda condición y edad.

Además, en ambos países las manifestaciones no se guiaron por una ideología concreta, de corte islamista, marxista o nacionalista, ni contaron con una cabeza visible o un líder carismático. Sin embargo las demandas son similares: acabar con estos regímenes cleptocráticos, es decir, regímenes basados en el robo de capital, institucionalización de la corrupción, el nepotismo, el clientelismo político... de modo que estas acciones delictivas queden impunes debido a que todos los sectores del poder están corrompidos; proporcionar oportunidades y crear empleo, garantizar los derechos de los ciudadanos y hacer respetar sus libertades.

Parece ser que los árabes no aguantan más. Las reformas que estos gobiernos dictatoriales han hecho en los últimos años no han servido para apaciguar los ánimos. El crecimiento económico no llega. La riqueza no se distribuye empleando criterios de justicia social, por lo que sólo es cuestión de tiempo que el malestar social se expanda en forma de movilizaciones populares.

Y mientras, ¿cómo responde Occidente? La Unión Europea y Estados Unidos siempre se han mostrado como defensores y amigos de estos gobiernos dictatoriales. Las relaciones de la Unión Europea con el dictador libio Gadafi o con el propio Ben Alí tunecino siempre han sido cordiales. Por eso, la movilización de los ciudadanos árabes pilló por sorpresa a los países occidentales, tanto que algunas de las primeras reacciones fueron totalmente desafortunadas. Mientras Washington dejaba caer a Ben Alí, algunos líderes europeos le seguían apoyando abiertamente, otros emitían comunicados rutinarios o permanecían expectantes en silencio. Al igual que en el caso de Egipto, Europa se ha mostrado indecisa y sin una voz clara.

Como explica Amirah Fernández, “las democracias occidentales tienen una oportunidad de oro para acompañar a las sociedades árabes en la etapa de cambios que ya ha empezado. Es el momento de que las potencias occidentales, y concretamente los países de la UE, reevalúen el coste real de la estabilidad aparente que los regímenes árabes les prometían a cambio de su apoyo incondicional a unas políticas represivas”.

A lo largo del pasado siglo, el islam aparecía en buena medida reactivo frente a Occidente a causa del colonialismo, y la democracia era vista como algo Occidental y ajeno. La situación ha cambiado en los últimos años y las nuevas generaciones han estrenado una nueva relación con la Modernidad, en tanto que libertad. Este nuevo paso habrá de llevar al redescubrimiento del propio patrimonio cultural árabe, en el cual existen claves y signos para una neta distinción entre política y religión y, por tanto, bases para una democracia propia. EEUU y la UE deben ser conscientes de lo vital que es su ayuda económica y logística en estos momentos para estas incipientes posibilidades de democracia, a fin de que no se produzca un vacío de poder que pueda ser aprovechado por los movimientos integristas.

En conclusión, se ha abierto un nuevo horizonte, un paisaje insólito, aunque no fácil de prever por la diversidad de los países a los que afecta, ya que supone la rotura de una inercia que viene de lejos, algo que muchos dictadores no van a tolerar.

Fotos:
1. Revueltas en Yemen
2. Mohamed Bouzazi murió finalmente en el hospital
3. Represión policial en Egipto
4. Heridos en Bahrein

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