13 de junio de 2014

Si Pablo Iglesias (Posse) levantara la cabeza…

Considerando que esta sociedad es injusta, porque divide a sus miembros en dos clases desiguales y antagónicas: una, la burguesía, que, poseyendo los instrumentos de trabajo, es la clase dominante; otra, el proletariado, que, no poseyendo más que su fuerza vital, es la clase dominada.
Que la sujeción económica del proletariado es la causa primera de la esclavitud en todas sus formas: la miseria social, el envilecimiento intelectual y la dependencia política. Que los privilegios de la burguesía están garantizados por el Poder Político, del cual se vale para dominar al proletariado.
Considerando que la necesidad, la razón y la justicia, exigen que la desigualdad y el antagonismo entre una y otra clase desaparezcan, reformando o destruyendo el estado social que tiene sumidos en la más espantosa miseria a los que emplean toda su vida en producir la riqueza que poseen los que muy poco o nada son útiles a la sociedad; (…)
El Partido Socialista tiene por aspiración:
Primero.- La posesión del poder político por la clase trabajadora
Segundo.- La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo (la tierra, las minas, los transportes, las fábricas, etc.) en propiedad común de la sociedad entera (…)
En suma el ideal del Partido Socialista es la completa emancipación de la clase trabajadora. Es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores libres e iguales, honrados e inteligentes (…)


Manifiesto fundacional del PSOE (20 de julio de 1879)

Pablo Iglesias durante un mitin
Estas palabras se incluyen en el prólogo del primer programa electoral aprobado por el Partido Socialista hace ya 135 años. Ha llovido mucho desde entonces y por más que se esfuerce, el PSOE de hoy no tiene absolutamente nada que ver con aquel ilusionante partido político que nació de forma clandestina en la taberna madrileña Casa Labra en torno a 25 personas: 16 tipógrafos, cuatro médicos, un doctor en ciencias, dos joyeros, un marmolista y un zapatero. Y encabezados todos ellos por el tipógrafo Pablo Iglesias Posse, que nada tiene que ver con el Pablo Iglesias que actualmente copa todas las televisiones y que ha dado la sorpresa con Podemos. Aunque, probablemente, políticamente hablando aquel Iglesias tendría mucho más en común con este Iglesias que con los dirigentes que actualmente se dedican día tras día a hundir en el fango al partido mal llamado socialista y obrero.
Los militantes del PSOE se avergüenzan de su dirección. Lo manifiestan tímidamente en las redes sociales, pero no se atreven a levantar la voz y dar un puño en la mesa. Al final, con el rabo entre las piernas siguen obedeciendo. Sin rechistar. Es más, Rubalcaba, que tras la debacle en las elecciones europeas anunció que dejaría la dirección del partido en julio, ha querido salir por la puerta grande y asestar una puñalada mortal a su propio partido. El PSOE se ha declarado monárquico, ha apoyado casi por unanimidad (solo dos abstenciones) al rey entrante, ha firmado una alianza de estado con el PP y ha decidido así dinamitar toda su historia en apenas unos días. ¿Ya han olvidado que fue un pacto republicano-socialista el que permitió a Pablo Iglesias Posse conseguir su primer acta como diputado en 1910? ¿Ha olvidado el PSOE que durante la II República fue el partido que sustentó este sistema de gobierno hasta que el golpe de Estado lo dilapidó?

Con este abrazo a la Monarquía y al PP, el PSOE rompe con su pasado, abandona en la cuneta a los cientos de miles de militantes que perecieron peleando por la República, y a los miles que fueron represaliados, torturados, encarcelados y exiliados, como mi abuelo. Los dirigentes del Partido Socialista han pasado a formar parte de esa clase burguesa contra la que querían combatir en su fundación. Rubalcaba y todo el órgano del partido –diputados incluidos- han corroborado que “los privilegios de la burguesía están garantizados por el poder político, del cual se vale para dominar al proletariado”. Es decir, le han dado la vuelta a la tortilla. Se han convertido en los burgueses que destruían España y a quienes apuntaba con el dedo el señor Iglesias.

Han sido ellos, más incluso que el Partido Popular, quienes han potenciado la desigualdad y el antagonismo entre una clase y otra, permitiendo así su perdurabilidad en el tiempo y aumentando la miseria en nuestro país.

Pero aunque quizá este apoyo a la Monarquía ha sido el caso más flagrante, el PSOE hace tiempo que se esfuerza en romper con su historia. Aprobó la reforma laboral; sufrió huelgas generales convocadas por su propio sindicato afín, aprobó junto al PP la modificación del famoso artículo 135 de la Constitución para primar el pago de la deuda y ha eliminado totalmente la lucha de clases de su discurso. Es más, aunque en 1997 se identificaban “como el partido de las clases trabajadoras”, la acepción de clase no aparece en ninguno de sus programas desde 2004. Fue entonces cuando se autoproclamó partido de “las clases medias” y, por tanto, después de que esta clase etérea se haya esfumado tal y como dicen que llegó, el PSOE está condenado a desaparecer también. Se ha quedado sin espacio político.

Tras abandonar en 1979 la línea marxista que había marcado su fundación y que fue finiquitada posteriormente con González, Guerra y Zapatero, el PSOE se queda sin hueco. La negación de la clase obrera y la utilización de la denominación de “clases medias” es una acepción profundamente ideológica e inculcada por el pensamiento neoliberal. La derecha y el centro son del PP y de UPyD. Izquierda Unida se desmarca con los trabajadores. Un poco más allá, se instala Podemos, que también se ha llevado a muchos socialistas disconformes. El PSOE no sabe dónde buscar. Intenta captar votantes del PP, mientras hace campaña contra Rosa Díez, Cayo Lara y Pablo Iglesias (Turrión). De pronto, se ha dado cuenta de que todos son enemigos a sus ojos, ya no ideológicamente, sino electoralemente. Sin hueco político, el PSOE está viendo como poco a poco su apoyo se desgrana, desaparece. Sus militantes se van sin hacer ruido y sus votantes, irritados, cansados, apoyan otras opciones políticas o se quedan en casa. Si Pablo Iglesias levantara la cabeza… haría todo lo posible para acabar con sus aburguesados compañeros.

Publicado en Micronopio de Cordópolis

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