4 de octubre de 2008

¿Querido maestro?

Mañana domingo es un día importante. Es 5 de octubre. Seguro que casi nadie sabe a lo que me refiero. Pero 659.590 profesionales sí. Y es que mañana es el Día Mundial de los Docentes. Casi 700.000 personas que decidieron desempeñar esa reconfortante profesión por pura vocación y que ahora se encuentran agobiados e irritados. “Los alumnos nos han perdido todo el respeto”, me contaba uno de mis antiguos profesores del Azorín. ¿Y por qué este cambio tan radical? Yo salí de Yecla hace seis años, tras haber terminado segundo de bachillerato, y no recuerdo a ningún profesor de los tantos que conocía que no siguiera ilusionado. Ahora, todo ha cambiado. Cuando les visito o me los cruzo por la calle, casi todos dicen lo mismo: “Estoy deseando jubilarme”, o “voy a ver si a los 60 lo dejo”. Y peor aún, “no sé si acerté con esta profesión”... A mí, estas afirmaciones me dan en qué pensar.

¿En qué se diferencian los chavales de 15 o 16 años, de los de mi quinta, que ahora tenemos 23 o 24 años? Es cierto que siempre ha habido alumnos problemáticos, pero nunca se llegaba a las manos, como está ocurriendo hoy en día. Ayer, leí en varios medios una entrevista que se realizaba al portavoz del sindicato de profesores, Augusto Serrano. Para él no había duda: “Ahora, el estatus de los alumnos en casa es más alto que el de los docentes”. Y estoy totalmente de acuerdo con él. Los padres han empezado a dudar de la palabra de los docentes y han perdido el respeto a la labor que desempeñan. Sólo los hijos llevan razón porque los padres han dejado de preocuparse por la educación de sus pequeños. O, al menos, se preocupan mucho menos que antes. Y esto se demuestra cuando cada vez hay más agresiones en las aulas, ya no sólo por parte de los jóvenes, sino que incluso ya han sido varios los padres que han pasado por los Tribunales por haber defendido a sus hijos ante el “malvado profesor” asestándole varios puñetazos en la mandíbula.


En la sociedad actual es normal que los hijos pasen solos en casa la mayor parte del tiempo. Según un estudio publicado recientemente por la Fundación SM, el 27% de los niños de 6 a 14 años se siente solo cuando llega a casa después del colegio, y se refugian en la televisión o en el ordenador. Esto supone que la educación que antes aportaban los padres se concentre ahora casi exclusivamente en la escuela. Los profesores han de ser psicólogos, instructores y animadores. Es decir, que su labor exclusivamente docente se ha diluido en demasía. Después, está el mal de la televisión. Los jóvenes ven que para “hacerse famoso” y ganar mucho dinero no es necesario estudiar. Simplemente necesitan un golpe de suerte o salir en un plató pegando cuatro gritos. Los chavales tienen la imagen de que estudiar es sólo propio de ‘pringados universitarios’, y, además, los padres ya no ven los estudios como un síntoma de progreso social, sino como una carga económica que quizá no repercuta en sus hijos como ellos esperan. Es decir, que muchos padres ya no creen que una carrera universitaria sirva de algo, por lo que, con ese pasotismo, han desprestigiado la labor del enseñante. Y los chicos, que no son tontos, se han percatado de eso. Piensan que para tener una vida fácil no es necesario estudiar, simplemente porque sus padres tampoco lo creen así. Éstos les dicen que estudien, pero no les controlan como antes, y, además, permiten que en sus habitaciones haya televisiones, ordenadores, videoconsolas y demás aparatos que son mucho más divertidos que sentarse a leer un libro de Historia. ´

Pero la culpa no es sólo de los padres, sino también de los propios profesores. No es lógico que en el siglo XXI, caracterizado por el avance fugaz de las nuevas tecnologías, la tiza y la pizarra sigan siendo el método docente por antonomasia. Los alumnos, enganchados a los blogs, al Messenger, al Facebook o a la Wii, se aburren como ostras al comprobar que su maestro sigue encallado en el uso del encerado. En otros países europeos se está potenciando, desde los propios gobiernos, la utilización de aparatos tecnológicos en las aulas. Las clases son mucho más interactivas y los alumnos se sienten importantes, es decir, se rompe esa barrera de autoridad y lejanía que casi siempre ha existido entre el alumno y el profesor. Y esa autoridad es la que conlleva a que los jóvenes se rebelen. Ellos, acostumbrados a no tener hora de llegada a casa desde muy críos, a conseguir casi todo lo que quieren porque los padres son cada vez más permisivos en su labor educativa, no entienden que en el colegio haya una persona delante de ellos que, sin ser ni siquiera su padre, les trate con una autoridad para ellos inusual. Por tanto, la solución creo que ha de venir de ambas partes. Los padres han de volver a confiar en los profesores de sus hijos y deben inculcar de nuevo en sus vástagos ese ‘chip’ que antes teníamos, ese que nos hacía estar seguros de que unos buenos estudios servían de algo. De hecho, nunca podré agradecer a mis padres tanto como querría que ellos me educaran con esa firme idea. Y mi padre tuvo, además, una buena táctica. Me enseñó a valorar la importancia que tenían los estudios llevándome a trabajar de fontanero con apenas 10 o 12 años verano tras verano y Navidad tras Navidad. Y vaya que si lo aprendí...


Y, por otro lado, los profesores han de modernizarse. Es cierto que la libertad de cátedra les permite, ciñéndose a un programa, dar sus clases como quieran, pero espero que por el bien de la educación y de las próximas generaciones sepan adaptarse al devenir de los tiempos. El fracaso escolar que existe hoy en día y, especialmente en Yecla, es alarmante. A esto hay que sumar también los despropósitos de los políticos en materia educativa, pues legislatura tras legislatura cambian las leyes y crean el caos en las instituciones docentes. Parece que nadie se toma en serio el futuro de nuestra sociedad. Yo, desde mi humilde rincón, espero que sirva de algo este artículo, pues como decía, allá por el siglo VI a.C., el filósofo chino Confucio, “donde hay educación, no hay distinción de clases”.

P.D. También podrán encontrar este artículo en http://www.elperiodicodeyecla.com/

3 comentarios:

Anónimo dijo...

El peor de todos los males es que "todo" el mundo se queja de, que pasa con el respeto? que pasa con la educación familiar? que pasa con la educación de los profesores? que pasa con los políticos y sus leyes?... sería "algo" (no todo) más fácil si cada persona: padre o hijo, profesor o alumno, político o
ciudadano, actuara desde su ámbito ejerciendo lo que son y dejar de meter el hocico queriendo intervenir por los demás, porque hay está la raíz de todo, decimos a todas horas lo que hace o deja de hacer el resto, pero eso sí, sin siquiera mirar que hemos aportado uno mismo hasta aquí y ahora. Empecemos ya a
trabajar "todos" (o algunos), empezando por nosotros mismos (o algunos de nosotros). Prefiero saber para preguntar
a no saber para responder. Chucho

David Val Palao dijo...

Chucho, eres el filósofo del siglo XXI. Gracias por entrar en mi blog! Un abrazo!!

begusa dijo...

El problema es que hay muchos problemas.
En primer lugar, los medios de comunicación: han desarrollado un lascivo gusto por lo podrido y lo macabro. No se respeta el horario infantil e incluso las noticias han aprendido a escarbar en la basura muy bien. Recuerdo cuando tenía unos 14 años y viendo las noticias dijeron que había habido un atentado (no sé dónde y donde murió no sé cuánta gente... supongo que tampoco importaba mucho eso para ellos) y lo que mejor recuerdo es el impacto que me provocaron las imágenes que emitieron: había trozos de brazos y piernas human@s tirad@s por la calzada... ¿realmente es eso necesario para dar información? o el otro día mismo en Alicante cuando un "individuo" molesto porque una prostituta le pidiera 20 euros por un "servicio" le dio una puñalada en mitad de una importante carretera, le rajó la cara y la dejó allí tirada. yo no necesito ver a la indefensa mujer tirada en el suelo, semi-desnuda y con la cara ensangrentada.
Otro problema es que la famosa "conciliación" laboral-familiar no existe. en el sector público se puede sobrevivir, pero en el sector privado rara vez se concede una reducción de jornada o una jornada continua... si los padres y las madres salen de trabajar a las 8 de la tarde (y aún queda llegar a casa), ¿cómo quieren que eduquen a sus hij@s?
Y el tercer problema que veo yo (entre muchos otros que no comentaré, no es cosa de aburrir en exceso) es la falta de respeto que hay hoy en día hacia l@s docentes. Es cierto que con la crisis y la falta de trabajo que hay hoy en día, mucha gente hace unas oposiciones y se mete a la enseñanza preocupad@s por tener un buen sueldo asegurado todos los meses. Aun así, la mayoría de est@s docentes se vuelca y se implica en su trabajo tanto como lo pudieran o puedan hacer las personas que enseñan por pura vocación espiritual.
¿más problemas? escasa inversión en educación, pocos fondos, falta de propuestas interesantes y realistas (cuántas veces habré oído yo eso de: l@s que hacen las leyes no han pisado un aula... ¿cómo van a saber lo que necesitamos?), mitificación de los estudios universitarios (seamos sincer@s, el hecho de estudiar una carrera no te hace una persona más válida y hoy en día no te garantiza nada en el mercado laboral... la FP se sigue viendo como algo de segunda, es nuestro talón de aquilesy eso nos acabará pasando factura).