18 de marzo de 2014

Economía del Bien Común: entre el capitalismo y el comunismo

El economista austriaco Christian Felber publicó hace unos años una teoría económica donde el objetivo de las empresas no era el afán de lucro y la competencia, sino potenciar las relaciones humanas, apostar por la sostenibilidad y el medio ambiente y mejorar la calidad de vida de las personas. Hoy, su modelo se desarrolla ya en decenas de países y España se posiciona como uno de los más concienciados en cuanto a su implantación.


¿Podría una empresa dejar de moverse por el afán de lucro para hacerlo por contribuir al bien común, a la solidaridad y a la cooperación? Suena complejo, especialmente en un mundo globalizado donde el capitalismo, con la competencia y el individualismo por bandera, dejan pocas oportunidades a otras alternativas más sostenibles, ecológicas y comunitarias. 

Sin embargo, el sistema tiene pequeñas grietas por donde irrumpen otros modelos diferentes y que tienen la justicia social como meta. Uno de ellos es la Economía del Bien Común (EBC), una teoría alternativa desarrollada por el austriaco Christian Felber en 2008 y que poco a poco va calando en más empresas, personas e incluso municipios de todo el mundo. El objetivo de esta teoría económica es crear un marco legal vinculante para la creación de valores de orientación empresarial y particular hacia el Bien Común y que dé incentivos a sus participantes. Con este modelo, Felber pretende escapar de esa dicotomía que asegura que quien no está con el capitalismo, está con el comunismo para intentar construir un camino diferente, concreto y viable para el futuro.    

“El actual orden económico se rige por dos reglas: el afán de lucro y la competencia. Pero estas reglas no aparecen en ninguna constitución y causan comportamientos y defienden valores muy opuestos a aquellos que permiten afianzar las relaciones humanas”, explica Felber. Por eso, considera necesario cambiar ese modelo económico para apostar por otro que defienda valores como la honestidad, la confianza, el respeto, la empatía, la cooperación o la solidaridad. Actualmente, añade, “solo el egoísmo y la desconsideración conducen hacia el éxito económico”. Para revertir esta situación, con un modelo basado en la EBC no será más fuerte quien tenga más dinero y propiedades, sino quien mejor Balance de Bien Común consiga. “Cuando mejor es el resultado de este balance, menos paro y  exclusión existe y más se respeta el ecosistema”, explica. 

Cómo generar beneficios

Hoy en día, las empresas ecológicas, solidarias y sostenibles venden sus productos a precios más caros que el resto, puesto que para respetar sus principios no pueden subirse al carro de la competencia atroz que rige al resto de compañías. “Hoy, cuanto menos ética es una empresa, más opciones de triunfar tiene, puesto que puede vender a precio menor”, comenta Felber. Este abaratamiento del producto se consigue reduciendo salarios al máximo, exprimiendo al trabajador, y fomentando el consumo hasta límites totalmente innecesarios. Para solucionar esta desventaja, Felber apuesta por que las empresas solidarias y responsables reciban ventajas impositivas o arancelarias para poder así competir  en igualdad de condiciones con las demás, que, a su vez, estarían en desventaja, pues serían sancionadas por no respetar el Bien Común. 

“Asimismo, el beneficio financiero es bienvenido, pero es un medio, como el dinero en sí, no es un fin. Por eso, ese beneficio debe repercutir en el bien común, ya sea mediante el aumento de salarios o reinvirtiéndolo en los propios trabajadores o en la sociedad”, añade. Por ende, de aplicarse este modelo económico desaparecería el reparto de dividendos entre personas que no trabajan en la empresa (accionistas) o las donaciones a partidos políticos a cambio de turbios intereses. “Si prohibimos esos usos, el dinero sería un medio para maximizar el bien común y no el fin último de algunos individuos y de una minoría que cada vez es más potente y más desconsiderada con el resto de la sociedad”, asegura Felber. 

Poner límites: salario mínimo y máximo

Para conseguir que este sistema funcione, este economista austriaco propone limitar la libertad en el ámbito económico. “La libertad de toda persona está limitada en cuanto atenta contra la libertad de otra persona”, concreta. Es decir, yo no puedo matar o escupir a nadie en uso de mi libertad porque esa acción repercute en la libertad de la otra persona. Pero esto no ocurre en la economía ni en la acumulación de capital o propiedades. “Para que una persona tenga 1.000 millones es necesario que otras muchas personas estén en paro o no tengan apenas nada para poder sobrevivir”, argumenta. Por eso con la Economía del Bien Común toda persona podrá acumular un capital estipulado, pero será prácticamente imposible crecer a partir de ese máximo –que se decidirá en procesos democráticos-.

Con esta serie de medidas se pretende conseguir una mejor redistribución de la riqueza y poner en práctica la justicia social que recogen casi todas las constituciones. “El objetivo es limitar la desigualdad en la renta y poner un límite en la propiedad privada, así como establecer un tope entre salario máximo y mínimo”, asevera Felber. De hecho, asegura que los ciudadanos creen que el salario máximo no ha de superar en diez veces el salario mínimo. Es decir, si se estipulara un mínimo de 1000 euros mensuales, nadie podría ganar más de 10.000 euros. De hecho, esta regla ya se ha puesto en práctica en algunas empresas que han adoptado el modelo de la ECB. Sin embargo, la realidad es mucho más injusta: “Actualmente, la diferencia entre salario mínimo y máximo es en Austria de 800 veces, en Alemania de 5.000 y en Estados Unidos de hasta 350.000 veces. Por eso es fundamental poner freno a esta injusticia y limitar la desigualdad en una medida humana y razonable”. 

Además, esta diferencia se está disparando con la crisis, como reflejan los últimos datos publicados en España, donde los directivos ganaron un 7% más en 2013, mientras que los mandos intermedios y el grueso de empleados vio disminuir su salario en varios puntos porcentuales, ampliando todavía más la brecha entre ricos y pobres. 

Gestión ciudadana de los bienes comunes

Por último, otro de los grandes pilares que defiende esta Economía del Bien Común es la conjugación entre lo público y lo privado. “La banca pública falla, pero la banca privada también”, explica Felber. Por eso, ha ideado un sistema intermedio en el que existirían servicios privados, pero de gestión colectiva. Por ejemplo, en Austria ya existen algunos bancos privados, pero de propiedad colectiva que, por tanto, son gestionados directamente por los ciudadanos. “El propietario es el pueblo soberano, pero el gobierno no puede intervenir”, aclara. 

Con esta medida, bienes comunes tan importantes como las empresas energéticas, las de agua, los bancos cooperativos, las escuelas y hospitales o hasta los museos estarían gestionados por los propios ciudadanos, pero sin que existiera intervención gubernamental. 

En definitiva, la economía del bien común no es el mejor de los modelos económicos, sino un paso a dar para intentar que la ética y la justicia social ganen el protagonismo que merecen en la economía y el sector financiero.  Se trata de un proceso participativo, de desarrollo abierto y que busca sinergias con procesos similares como la economía solidaria, la renta básica o las comunidades en transición. Desde que la teoría se diera a conocer hasta hoy, la lista de simpatizantes no ha dejado de crecer ni en nuestro país ni en el resto del mundo. El objetivo es implantar el modelo desde abajo, en pequeñas comunidades, para ir creciendo por municipios, regiones y países.

Según estos datos de la Asociación Federal para el Fomento de la EBC en España, ya son más de 1.500 las empresas de nuestro país que se acogen a este modelo y unas 5.500 personas individuales, amén de la ciudad deMuro de Alcoy que, con su alcalde a la cabeza, se convirtió en diciembre de 2012 en el primer  municipio que se suscribió en España a este modelo económico. Más tarde, otros como Rivas Vaciamadrid, Alboraya o Rubí se adhirieron a la iniciativa, convirtiendo a España en el quinto país de Europa donde más ha arraigado la EBC. 

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