7 de marzo de 2014

El futuro se aprende en grupo

El modelo de aprendizaje cooperativo gana adeptos entre los docentes españoles. Esta forma de enseñar potencia la interrelación entre los alumnos y su integración, aumenta su motivación y su autoestima y les ayuda a retener mucho mejor los conocimientos


“Está demostrado que con el aprendizaje cooperativo los alumnos aprenden mucho más y mejor que con el sistema individualista”. Anastasio Ovejero, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Valladolid, lo tiene claro. Pero no es el único. Cada vez son más los profesores y profesoras que se decantan por esta metodología de aprendizaje colaborativo y rechazan el sistema educativo tradicional, donde la jerarquía prima y el profesor es como un dios omnisciente que brinda parte de sus conocimientos a sus inconscientes alumnos. “En el modelo cooperativo cobra importancia la relación alumno-alumno, ya que en el aprendizaje más tradicional se niega. Aquí se reconoce y se potencia”, explica Javier Gómez, profesor de Tecnología en el IES Gómez Moreno de Madrid. Este docente, defensor tenaz de este modelo educativo, imparte sus clases de forma colaborativa. “La relación profesor-alumno se desdibuja, el docente coordina, planifica y corrige las actividades, pero no dicta todos los conocimientos”, añade.

Hasta ahora, el sistema educativo más común era el individualista, que aunque no se reconoce como tal, sí se entiende como aquel que premia personalmente a los mejores alumnos en detrimento de los que se quedan por detrás. Es decir, en este modelo tradicional las personas aprenden de acuerdo a sus posibilidades personales, dejando atrás a los más desfavorecidos, ya sea por su nivel cognitivo, por las pocas posibilidades que ofrece su entorno sociocultural, por la poca capacidad adquisitiva de materiales o libros… Es, sin duda, un modelo muy injusto desde el punto de vista de la equidad, pues beneficia a quienes tienen más facilidades, especialmente a aquellos que tienen mejor estatus en detrimento de quienes están en peor situación social.

Sin embargo, el aprendizaje colaborativo, que poco a poco va ganando adeptos, está orientado a la generación de conocimiento y mutuo compromiso de los participantes. Surge como respuesta necesaria a la mejora educativa, ya que promueve la construcción de conocimiento porque obliga a activar el pensamiento individual, a buscar la forma de investigar, sea de manera independiente o en grupo, y promueve valores en forma semiconsciente como la cooperación, la responsabilidad, la comunicación, el trabajo en equipo, así como la autoevaluación individual y de los compañeros. “Por eso, este proceso de enseñanza considera algo secundario los hechos y teorías, buscando más el desarrollo del pensamiento crítico en los alumnos y del uso de estrategias de razonamiento de nivel superior”, indica el investigador Gustavo Aristimuño.

El objetivo, por tanto, es crear personas críticas, que puedan apropiarse de la información, examinarla, evaluarla y aplicarla de manera adecuada, algo que, desgraciadamente, queda muy descuidado en el sistema tradicional, donde se prima la memorización de conocimientos para, más tarde, volcarlos en un examen, sin apenas rigor crítico y correlación alguna. Conocimientos que, a la postre, se olvidan apenas se escriben en el papel.

“De hecho, una de las grandes ventajas de este sistema es que los conocimientos se adquieren de manera más permanente”, reconoce Javier Gómez. “Es más, algunos años después he coincidido con alumnos que ya no solo recordaban el procedimiento que seguía en mis clases, sino también muchos contenidos”, afirma. Por esto, la motivación de los alumnos se eleva. Como bien reconoce Aristimuño, “las experiencias de aprendizaje cooperativo favorecen actitudes más positivas hacia las materias y hacia la educación general y una motivación más firme para el aprendizaje”. A su vez, los autores que han estudiado este tema han llegado a la conclusión de que cuanto mayor es el grado de involucramiento de los estudiantes en su experiencia de aprendizaje, más probable es que lleguen a graduarse, es decir, se aburren menos y se interesan más por los conocimientos que adquieren.

A su vez, los estudios concluyen que el trabajo con los propios compañeros es el mejor sistema de apoyo para aumentar los logros de los estudiantes. De hecho, este es uno de los principios más importantes de la psicología social: el trabajo en conjunto para alcanzar objetivos comunes produce logros superiores y mayor productividad que el trabajo individual. Por tanto, los defensores del aprendizaje cooperativo apuestan por recurrir a él “cuando son importantes los objetivos del aprendizaje, cuando se busca privilegiar la destreza y la retención, cuando la tarea es compleja o conceptual, cuando hay que resolver problemas o se desea que haya pensamientos divergentes o creativos, cuando se espera un desempeño de calidad y cuando se necesitan estrategias de razonamiento y pensamiento crítico de nivel superior”, matiza Aristimuño.

El papel del docente

 Aunque como se indicaba al principio el docente pierde el peso jerárquico de antaño, su papel sigue siendo vital para guiar el proceso educativo de los alumnos. Por ello, debe procurar que el estudiante sea capaz de diagnosticar sus propias carencias y necesidades formativas y que, a su vez, sea capaz de responder a esas lagunas o de poner al menos las pautas que le llevaran a resolver sus vacíos. Por esto, el profesor ha de ayudar al alumno a conocerse y a aceptarse a sí mismo, valorando positivamente sus necesidades y competencias para trazar un plan de acción.

Igualmente, ha de localizar los gustos e intereses de sus alumnos para guiar por ahí su método de aprendizaje, generando así una actitud positiva que fomente su interés por la formación. Es decir, hay que volver a la mayéutica socrática para, mediante la inducción, llevar a los alumnos a la resolución de los problemas que se plantean por medio de hábiles preguntas cuya lógica ilumina el entendimiento. Si los alumnos consiguen llegar por sí mismos a unas conclusiones generales a partir de las actividades prácticas que realicen, esos conocimientos adquiridos quedarán mucho más fijados en su mente. Porque no se memorizarán, sino que se comprenderán y se asimilarán.

El profesor ha de ser capaz también de anteponer el “nosotros” al “yo”. Cada miembro del grupo debe tener muy claro que sus beneficios son para todos, y que sin el beneficio del resto, no habrá reconforte personal. Con esto, se crea un importante compromiso hacia otras personas. Por tanto, el buen funcionamiento de este aprendizaje colaborativo radica en el apoyo mutuo, es decir, en que quienes aprendan, se aseguren a su vez de que los otros compañeros aprenden y se esfuerzan al máximo.

Además, como por encima de todo está el grupo, el aprendizaje cooperativo potencia la integración en el aula. Normalmente, el diferente siempre se siente rechazado: El inmigrante, la persona con discapacidad, el homosexual o incluso los más inteligentes. “El profesor ha de ser quien conforme y planifique los grupos para unir en el mismo a personas de diferente sexo, origen geográfico, religión o capacidad intelectual”, explica Javier Gómez. Con esto, neutralizas las carencias que las personas que conforman el grupo puedan tener por separado. “Si no es así, surgen grupos de afinidad muy marcados: los inmigrantes de un mismo país se ponen juntos; las chicas por un lado y los chicos por otro… Por eso es tarea del profesor hacer que se superen estos prejuicios”, añade.

Esta interacción estimula a los estudiantes ya no solo durante las clases, sino también fuera del colegio. Sin duda, “influir en los esfuerzos del otro para alcanzar los objetivos del grupo motivándoles para buscar un beneficio mutuo, compartir conclusiones y razonamientos para la toma de decisiones correcta y actuar de forma confiada y confiable disminuye el estrés y la ansiedad”. Sin olvidar que este modelo de aprendizaje elimina gran parte de los conflictos, “pues si todo va bien los alumnos más disruptivos se integran también en el grupo, tienen una función mucho más activa de la que tendrían en una clase tradicional, aprenden más y, en consecuencia, no interrumpen tanto el aprendizaje de los demás”, matiza Gómez. En resumen, no mejora un solo alumno, sino que mejoran todos.

Y no es ‘antisistema’

Aunque algunos psicólogos y educadores han catalogado de anticapitalista este sistema educativo, la mayoría de los expertos afirma lo contrario. Se podría decir que es complementario, que va más allá y que lo que hace es dar un salto meramente evolutivo. “No va en contra del sistema capitalista, de hecho cada vez menos empresas apuestan por el individualismo para resolver sus conflictos y problemas”, matiza Javier Gómez. Y está en lo cierto, pues la cooperación y la creatividad son dos valores que poco a poco ganan peso a la hora de resolver los problemas que genera este sistema económico. En cambio, sí que choca con el individualismo, es decir, con aquellos que defienden la independencia y la autosuficiencia de la persona por encima de todo. En este sistema de aprendizaje el colectivo está por encima del individuo. “Quizá eso es lo menos habitual, aun así va a costar superar al modelo tradicional”, reconoce.


Parte del artículo publicado en el número 189 de ‘Entre Estudiantes’

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