30 de enero de 2012

Campanes a mort: Los sucesos de Vitoria de 1976

  • La Policía del gobierno de Arias Navarro y Fraga asesinó a cinco obreros que celebraban una asamblea en la iglesia San Francisco de Vitoria
Dedicado a las noches de cine en el EKO de Carabanchel
    El 3 de marzo de 1976, Vitoria se vistió de luto. En enero, los trabajadores habían comenzado una serie de protestas para defender sus derechos más básicos. En las fábricas de la ciudad se pedía un aumento lineal de sueldo de 6.000 pesetas, 40 horas de trabajo a la semana o un seguro por accidentes y enfermedad. El sindicato vertical no permitía ningún tipo de derecho. La huelga estaba prohibida, las asambleas de trabajadores, también.

    El primer choque con la patronal surge por la representación, pues la empresa se niega a recibir a los trabajadores ya que quiere seguir negociando con el sindicato vertical franquista. Estaba prohibido elegir a los propios representantes. Así que los obreros luchan por alcanzar un mundo nuevo, con dignidad. 

    Hubo tres llamamientos a huelga general, los dos primeros fracasaron, pero el del día 3 de marzo tuvo un seguimiento total. La represión parecía la única manera de frenar este movimiento masivo. El seguimiento de la huelga fue total. Las fábricas cerraron por la mañana y los trabajadores convocaron asambleas en las iglesias de los barrios, entre ellas la de San Francisco, en el barrio de Zaramaga. Se dan los primeros enfrentamientos y se suceden los primeros disparos por parte de la policía. Los jóvenes salen de los institutos y se dirigen también a reunirse con los trabajadores.

    En esas primeras horas, la policía responde con balazos en las rodillas, los testículos e incluso en la cara. Las reuniones en las iglesias parecían seguras. Pero ese día, todo iba a cambiar. Cientos de trabajadores se congregan en la iglesia de San Francisco. A primera hora de la tarde, las fuerzas de seguridad acordonan todo el edificio y prohíben el paso a los trabajadores que todavía estaban llegando a la iglesia. Quienes logran cruzar el cerco entran en la iglesia después de recibir cargas policiales. Asimismo, quienes atemorizados deciden salir, son recibidos de la misma forma.

    La Policía pide desalojar, pero la asamblea decide no hacerlo al tratarse de una reunión pacífica. “Si hay gente, a por ellos”, ordenan los superiores a los policías que acordonan la zona. “Si desalojan por las buenas, bien; si no, a palo limpio”, decretan. “O traen refuerzos o habrá que usar las armas de fuego”, amenazan los de abajo. “¡Vamos a por ellos! ¡Gasead la iglesia!”, gritan al final. Y así es. A los pocos minutos, y tras romper las ventanas de San Francisco, la Policía lanza botes de humo al interior. El caos se adueña de los cientos de trabajadores, trabajadoras y niños que abarrotaban el edificio. Comienzan las carreras y los empujones. Las puertas se abren y comienzan a salir corriendo, en tropel. Y la policía... DISPARA. Dispara contra cientos de manifestantes desarmados. “¡Que manden fuerza aquí que hemos tirado más de 2.000 tiros!”, gritan por sus transmisores. Decenas de heridos caen al suelo. El pánico es inmenso. No son pelotas de gomas. Las balas atraviesan los cuerpos de los trabajadores. Hay tres muertos.

    Las víctimas
    “Esto es una batalla campal”, exclaman los policías por sus transmisores para avisar a sus superiores. “Dile a Salinas que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia”, alardean los asesinos. “Por cierto, aquí ha habido una masacre. Pero de verdad una masacre”, repiten insistentes por sus walkies. La revolución estalla en Vitoria. La gente se echa a las calles. Miles de ciudadanos se enfrentan con la policía. Hay más de 500 heridos en total, más de 100 por bala. Dos de ellos morirían horas más tarde. Tres habían muerto ya a las puertas de la iglesia. Vitoria es una ciudad tomada.

    Romualdo Barroso, de 19 años. Francisco Aznar, de 17 años. Pedro María Martínez, de 27 años. José Castillo, de 32 años. Bienvenido Pereda, de 30 años. Todos ellos murieron masacrados a balazos por la policía del régimen, la actual Policía Nacional.

    Sin perdón

    Hoy, 30 años después, los máximos responsables de aquella masacre siguen defendiendo la actuación de la policía. Manuel Fraga, fallecido plácidamente en su cama no hace muchos días y colmado de homenajes y agasajos, era el Ministro de Gobernación en aquel entonces. Nunca fue capaz de reconocer la masacre que se cometió. “La actuación no fue excesiva”, recalcó en una entrevista hace unos años. De viaje en Alemania, Fraga encargó dirigir la situación a Adolfo Suárez, primer presidente de la democracia y, por aquel entonces, secretario general del Movimiento.

    Rodolfo Martín Villa, ministro de Relaciones Sindicales, que dirigió la cartera de Gobernación bajo el primer gobierno de UCD, también estuvo al frente de este sangriento ataque. “Reconozco que hubo poca fuerza de seguridad, que fue arrinconada y que reaccionó como reaccionó”, explica Martín Villa en el documental que acompaña a este artículo. “Yo soy bastante comprensivo con la actuación de la policía”, añade. Las fuerzas de seguridad se vieron acorraladas por unos trabajadores que se manifestaban pacíficamente y sin armas. Paradójico.

    Fraga y Martín Villa visitando a los heridos
    Pero la crueldad de Fraga y Martín Villa se multiplica el 4 de marzo. Ese día, el ministro de Gobernación y el de Relaciones Sindicales viajan a Vitoria para visitar a los heridos. Se encuentran una ciudad rota por el dolor, destrozada y presa del caos. Donde la policía dispersaba a palos a los grupos de más de cuatro personas, generando más y más heridos. A pesar de todo, ambos ministros tuvieron la caradura de quejarse porque algunos les recibieron al grito de asesinos, preguntándoles si venían a rematar a los heridos.

    Fraga culpó a los empresarios de esta situación y, cómo no, a los trabajadores. “La situación económica de España y del mundo es seria y preocupante por lo que las reformas salariales y laborales han de adaptarse a las reglas de juego civilizadas. Que no es posible aceptar planteamientos anarquistas o utópicos en un momento como este es absolutamente indudable. ¡Que el país no los va a tolerar! ¡Que el gobierno no los puede aceptar!, es evidente también. Que este triste ejemplo sirva de gran lección para todo el país en los meses próximos”. Fraga, 4 de marzo de 1976. Unas palabras que, sin duda, tienen eco en el presente.

    La memoria

    Entierro de los asesinados en Vitoria
    Aquella noche, Lluis Llach estaba siguiendo la noticia por televisión. El piano entre las manos. Le llovieron las llamadas, asegurándole que habían asesinado a gente joven. Muy joven. También le contaron que había muchos heridos, información que no dio TVE. Sus manos empezaron a tocar. Y de ahí nació Campanades a morts. Sin duda, una de las canciones más viscerales del cantautor catalán. Una canción de lucha. De victoria. Porque la democracia llegó con el sacrificio de muchas vidas. Con terrorismo de Estado. Y casi cuatro décadas después, siguen sin reconocerlo. Sin pedir perdón. Que sirva este homenaje para que Romualdo, Francisco, Pedro, José y Bienvenido siempre estén en nuestra memoria. Y en la de sus asesinos.


    La Revolta Permanent

    7 comentarios:

    Anónimo dijo...

    josé antonio zarzalejos altares, director general de seguridad adjunto el 3 de marzo de 1976

    Anónimo dijo...

    Este articulo es un claro ejemplo de partidismo politico izquierdoso al retratar a personajes como Fraga,ejemplificando su culpa cuando él solo pertenecia a la burocracia estatal y cuando esas decisiones no eran tomadas por él ni por ninguno de los ministros sino por las leyes del regimen.La verdad que queda muy bonito hablar de victimas y acusar a muertos como don Manuel de su implicacion,espero que con los años David aprendas a ser imparcial y a no señalar con el dedo a gente sin pruebas...1saludo

    Anónimo dijo...

    En cualquier país civilizado, "don Manuel" como tu lo llamas habría acabado procesado y condenador por formar parte de una dictadura. Y la máquina del régimen ordenó gasear esa iglesia y hacer uso de las armas. Y los cabecillas de esa máquina eran Fraga, Arias Navarro, Martín Villa y, por encima de todos, el Rey, que se le ha olvidado a David hablar de su responsabilidad en este tema.

    ¿No hay pruebas? Ahora resulta que si hay una represión policial la culpa es de los polis... Anda que, vas de listo y haces el ridículo.

    Anónimo dijo...

    ¿los "grises" de fraga iribarne?

    Anónimo dijo...

    "libro negro de montejurra"

    Anónimo dijo...

    Perdone a la persona que dice que Fraga solo era un burócrata del sistema le rogaría que se informara algo del tema pero citando a fraga "Fue la única revuelta que se nos fue de las manos" Sin entrar en otras consideraciones que podría entrar pues estoy haciendo un trabajo para la universidad sobre el tema ademas de añadir que defender la democracia no es de "izquierdosos" pedazo ignorante .

    Toni Nohant dijo...

    Un tipo que grita "la calle es mia" y lo tiene asumido, no es ningun chupatintas de la administración, asi k mal dicho , sr. anónimo... (esperemos q ud. no sea de los que han reinstaurado la dictdura 40 años mas tarde :( Toni.-