3 de noviembre de 2011

Internet y la comunicación no verbal


El investigador Albert Mehrabian, profesor emérito de la Universidad de California, descompuso en porcentajes el impacto de un mensaje, llegando a la conclusión de que se podría llegar hasta este extremo: 7% verbal, 38% vocal (entonación, tono, matices y otras características) y 55%  de el lenguaje corporal (gestos, posturas, movimiento de las manos y los ojos...). El componente verbal se utiliza para comunicar información y el no verbal para comunicar estados y actitudes personales. Mehrabian afirma asimismo que en una conversación cara a cara normal el componente verbal es un 35%, mientras que más del 65% es comunicación no verbal.

Tras analizar estos datos, entenderéis mi preocupación hacia los chats que, a mi modo de ver, tienen más aspectos negativos que positivos. Hoy he decidido darles un descanso (Facebook y Messenger, principalmente, así como Wassap, una de las últimas modas de los smartphone). Tras mi decisión que, como muchas veces ha sido unilateral y sin reflexión, he publicado este debate en mi muro de Facebook y en mi perfil de Twitter. Y pronto ha llegado la “anhelada” interacción. Y digo anhelada porque ese es otro aspecto intrínseco al ser humano que se ha desarrollado exponencialmente con el uso de la Web 2.0. Seguro que a muchos de vosotros os molesta publicar algo que os parece realmente interesante en vuestro muro y que pase desapercibido por vuestros “amigos”. Ni un me gusta, ni un comentario. Necesitamos ese mínimo reconocimiento. Pero bueno, ese es otro tema sobre el que alguna vez volveré.

Volviendo a lo nuestro. Tras el debate surgido, me saltan muchas dudas. ¿Habré hecho bien “apagando” temporalmente mis diversos chats? Para aclararme he decidido escribir este post donde voy a intentar explicar los motivos por los que voy a descansar de esta cómoda, gratuita y directa forma de comunicación que, a veces, tan poco me satisface.

Cuando en 2003 fui a estudiar a Madrid, ni existía Facebook ni Tuenti y Messenger no era más que un programa rudimentario con tres años de vida y sin apenas funcionalidad. Además, por aquellos años, Internet era todavía un lujo del que muchas casas no podían hacer uso. Hablar con mis amigos se convirtió en algo costoso porque no podíamos pagar altas facturas de móvil ni teníamos opción gratuita para contarnos qué tal nos iba todo. Todavía recuerdo como los viernes avisaba a algunos de ellos vía sms para, a una hora concreta, hacer una quedada en casa “del amigo con Internet” para hacer conversaciones conjuntas vía Messenger, mientras yo me conectaba desde el locutorio que había dos calles más abajo de mi casa. Una hora, un euro.

Y ahí se acababa todo. En una hora cronometrada de conexión los tres o cuatro que nos juntábamos escribíamos lo más rápido que podíamos para contarnos todo lo que nos había pasado en la semana o dos semanas sin noticias. En aquellos momentos, los viajes a Yecla se convertían en una macrofiesta donde todos los que estábamos fuera quedábamos con el resto para organizar noches memorables.

Con el paso de los años, Internet llegó a mi casa. Al principio, no usaba el ordenador más que un par de horas al día, principalmente para hacer uso del Messenger. Pero claro, como mis amigos seguían sin disponer de internet, mi apartado de “conectados” se reducía al mínimo.

Ha llovido mucho desde entonces. Hoy, por motivos de trabajo, vivo pegado a un ordenador. Hasta hace unos meses vivía tan atado al correo electrónico que tuve que comprarme un Smartphone para poder salir de casa con libertad, pues muchas veces no podía hacerlo por tener que esperar un mail importante. Pero hoy, todavía se ha rizado más el rizo. Hasta hace apenas un año, las redes sociales no eran para mí más que una válvula de escape entre tanto mail, llamada, nota de prensa y dossier. Sin embargo, actualmente también se han convertido en parte de mi trabajo (administro cinco páginas de Facebook, tres perfiles de Twitter y una página de Tuenti, además de las mías propias).

¿Qué quiere esto decir? Que lo que antes era una válvula de escape donde pasaba una hora de mi larga jornada frente al ordenador, ahora se ha convertido en una serie de páginas que han de permanecer obligatoriamente abiertas en la barra de tareas. Y ahí ha surgido el problema. Los chats están abiertos y la interactividad ha pasado de ser diaria a ser casi de minuto a minuto.

¿Qué ha ocurrido? Creo que he dejado de echar de menos a la gente y viceversa. ¿Por qué? Porque si hablo con alguien diariamente, no tengo nada nuevo que contar. Estamos enterados de todo el uno del otro y ni siquiera fluyen las palabras. Además, cuando hablas con algún amigo a menudo por las redes sociales te encuentras, como comentaba en Facebook, con el problema de la carencia de comunicación no verbal. Es decir, y volviendo a la división de Albert Mehrabian, se pierde gran parte del sentido del mensaje.

Anteriormente, esto no ocurría tan frecuentemente porque si llevabas sin hablar con alguien durante dos semanas, cuando te conectabas a Internet pasabas la mayor parte del tiempo aportando información, sin más. En cambio, ahora, al pasar más tiempo interconectados, se llevan a la vida virtual conversaciones propias de la vida “real”, es decir, del face to face. Conversaciones e ideas que pueden llevar a malentendidos impensables en el cara a cara, pero que en un chat surgen por esa pérdida de comunicación no verbal. Es difícil saber lo que la persona al otro lado quiere realmente decir al perder el 65% del lenguaje, es decir, el que emana de los gestos, la entonación o el tono. Por eso, el uso frecuente e ininterrumpido de los chats me asusta, porque provoca tontos malentendidos que después son difícilmente superables.

Asimismo, en el Facebook ha surgido el tema de los emoticonos como sustitutivos de esta comunicación no verbal. Es un paso, pero sinceramente, creo que muy limitado para poder completar un mensaje de pleno significado.

Además, como comentaba antes, esta macro-interconectividad me está llevando a saber tanto de mis amigos, que no es que no me apetezca verlos, decir eso sería tergiversar la realidad, sino que no tienen nada nuevo que contarme. En cambio, no me importaría echarme una birra con amigos que quizá no lo son tanto por el mero hecho de que al no hablar con ellos tan asiduamente por los chats, el desconocimiento mutuo es mayor.

Así que, tras este breve análisis, me quedo con usar el chat solo esporádicamente para preguntar “qué tal” y poco más. Si lo sigo usando para complementar mis relaciones interpersonales creo que voy a salir mal parado. A partir de ahora, me abro a Skype que, al menos, solo te hace perder parte de la comunicación no verbal.

Porque, como dice mi sabio amigo Juan Martínez, no hay que olvidar que por Facebook no se habla, solo se escribe. ¿Quieres que hablemos? Descuelga el auricular o prepara las cervezas.

1 comentario:

The Doll dijo...

Básicamente es una buena herramienta para tener la mente ocupada, ya sabes, no es conveniente que piensen muchos¡¡¡¡
saludos