3 de octubre de 2014

Un día con Orwell en la Guerra Civil

George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, llegó a Barcelona en 1936 dispuesto a luchar contra el fascismo. Encontró una ciudad en plena revolución e ilusionada ante el futuro, y acabó enrolado en la milicia del POUM. Pronto fue destinado al frente de Aragón, donde reinaba una desesperante inactividad. Este pasaje recogido en Homenaje a Cataluña, nos acerca a aquella dramática guerra que en muchos frentes fue esperpéntica y fratricida:
George Orwell (con un perro) y, tras él, el también escritor Ernest Hemingway

(…) No parecía haber la menor esperanza de que se entablase una batalla de verdad. Al salir de Monte Pocero había contado mis cartuchos y comprobado que solo había disparado tres veces al enemigo en casi tres semanas. Dicen que matar a un hombre cuesta mil balas, y a aquel paso yo iba a tardar veinte años en matar a un fascista. En Monte Trazo las líneas estaba más cerca y se disparaba más, pero estoy convencido de que nunca le acerté a nadie. En realidad, en aquel frente y en aquella etapa de la guerra, las auténticas armas no eran los fusiles, sino los megáfonos: ya que no se podía matar al enemigo se le gritaba. Es tan extraordinario ese método de hacer la guerra que necesita explicarse.

Cuando las líneas estaban al alcance de la voz, siempre se cruzaban gritos. Nosotros decíamos “¡Fascistas, maricones!”, y ellos: “¡Viva España! ¡Viva Franco!”; y cuando sabían que había ingleses al otro lado: “¡Marchaos a vuestro país, ingleses! ¡No queremos extranjeros!”. En el bando republicano, en las milicias de los partidos, proferir gritos de propaganda para minar la moral del enemigo era ya una técnica habitual. En todas las posiciones lo permitían, se proveía de megáfono especialmente a unos cuantos hombres, en particular a los equipos de ametralladoras, y se les encargaba que se pusieran a vociferar. Por lo general gritaban discursos trillados, llenos de sentimientos revolucionarios, que explicaban a los soldados fascistas que no eran más que mercenarios del capitalismo internacional, que estaban luchando contra su propia clase, etc., y los instaban a pasarse a nuestro bando. El discurso se repetía una y otra vez conforme se iban turnando los hombres, y a veces proseguía casi toda la noche. No cabe duda de que tenía algún efecto: todos decían que el goteo de desertores fascistas se debía en parte a aquella propaganda. Bien pensado, la consigna “¡No luches contra los de tu clase!” tenía que causar impresión cuando la oían una y otra vez en la oscuridad de la noche aquellos pobres diablos que estaban de guardia, muertos de frío, hombres que al vez fueran miembros del sindicato socialista, o del anarquista, y que estaban allí en contra de su voluntad. Es posible que resolviera el dilema de desertar o no desertar.

Por descontado, estas tácticas no se ajustan a la idea inglesa de la guerra. Confieso que me quedé blanco y me escandalicé la primera vez que lo vi. ¡Querer convencer al enemigo en vez de matarlo! En la actualidad considero que, se mire como se mire, era una maniobra legítima. En la guerra de trincheras corriente, si no hay artillería es muy difícil causar bajas al enemigo sin causarlas también en el propio bando. Si se puede inmovilizar a determinada cantidad de hombres haciéndolos desertar, eso que se gana; los desertores son más útiles que los cadáveres, pues pueden proporcionar información. Pero al principio nos dejó boquiabiertos, y nos hizo creer que los españoles no se tomaban muy en serio aquella guerra suya.

El que daba los gritos en el puesto del PSUC que teníamos a la derecha era un maestro en aquel arte. A veces, en vez de gritar consignas revolucionarias, se ponía a contar a los fascistas que comíamos mucho mejor que ellos. Su descripción de las raciones republicanas era un poco fantasiosa.
¡Pan caliente con mantequilla! -decía, y su voz retumbaba por el valle solitario-. ¡Aquí estamos sentados y untando mantequilla en pan calentito! ¡Deliciosas rebanadas de pan con mantequilla!
Estoy convencido de que aquel hombre, al igual que los demás, no había visto la mantequilla en los últimos meses, pero oyendo hablar de pan caliente con mantequilla, de noche y con frío, es indudable que a los fascistas tenía que hacérseles la boca agua. Hasta a mí se me hacía, y eso que sabía que estaba mintiendo.
George Orwell
Homenaje a Cataluña

No hay comentarios: