16 de octubre de 2014

El gas como eje de la geopolítica mundial

Rusia posee las mayores reservas mundiales de gas. La Unión Europea depende de ellas, pero no quiere hacerlo por mucho tiempo, pues Estados Unidos no ve con buenos ojos el crecimiento económico del gigante euroasiático. Por eso, Bruselas proyecta el gasoducto Caspio-Italia, una obra gigantesca y multimillonaria que ya está creando conflictos en las regiones que atraviesa. Y todo ello con un doble trasfondo: los negocios energéticos con el corrupto Azerbaiyán y la peligrosa técnica del fracking dentro de nuestras fronteras




En 2006 el conflicto entre Rusia y Ucrania provocó el corte del suministro de gas a Europa. En ese momento, la UE se percató de la absoluta dependencia que tenía del gas ruso, una dependencia que será mayor según vayan disminuyendo las reservas de petróleo en el mundo. Por eso, todo parece indicar que la geopolítica mundial empieza a girar en torno a Rusia, que renace como nueva superpotencia energética. Actualmente, el gigante euroasiático tiene más reservas de gas natural que cualquier otro país del mundo. Además, posee la segunda mayor reserva de carbón y el octavo lugar en reservas de petróleo. Y desde 2012 pelea con EEUU y Arabia Saudí por ser el mayor productor de petróleo del mundo con más de 10,5 millones de barriles diarios.

Pero, como bien auguran todos los expertos, el petróleo no es la fuente energética del futuro. Hay que buscar alternativas y, en ese campo, Rusia también es el número uno. Hoy en día es el mayor productor de gas natural –con el 22,3% de la producción mundial- y también el mayor exportador. Por eso, Rusia sabe que su futuro es muy relevante, tanto que para 2025 será una de las cinco superpotencias del mundo, superada solo por China, EEUU, la Unión Europea y Japón. Sabe que juega con ventaja.

Sin embargo, EEUU y Europa no se lo van a permitir. La UE dice que no quiere depender del gigante ruso, y como las reservas domésticas de la UE disminuyen año tras año está buscando alternativa. La principal baza es el gasoducto Caspio-Europa que pretende llevar gas desde el Mar Caspio hasta Italia, a través de cuatro tramos que conformarán una inmensa infraestructura de más de 4.000 kilómetros. Como era de esperar, antes de empezar su ejecución ya han surgido los problemas. Rusia e Irán, que consideran lago al Caspio, se benefician de su explotación desde 1921. Sin embargo, Kazajstán y Azerbaiyán lo consideran un mar, por lo que su explotación debería regirse por la legislación internacional marina. Primer conflicto servido.

Negocios con una dictadura

Aun así, si no se pudiera cruzar el Caspio, no habría mayor problema, pues el principal proveedor de gas del proyecto sería Azerbaiyán y 26 pozos de explotación que podrían suministrar hasta 16.000 millones de metros cúbicos de gas al año (la mitad del consumo anual español). Pero, ¿qué significa negociar con Azerbaiyán? Gobernado desde 1991 por la dinastía familiar de los Aliyev, esta república caucásica está considerada como uno de los países más autoritarios y cleptocráticos del mundo. Es más, en 2012 fue nombrado país “corrupto del año” por la ONG Transparencia Internacional. Con este bagaje dictatorial, es comprensible que su gobierno quiera lavarse la cara ganando Eurovisión, como ocurrió en 2011, o patrocinando equipos de fútbol como el Atlético de Madrid.

Pero los favores parecen no haber hecho más que empezar. Pues, por ejemplo, Azerbaiyán ha presidido el Consejo de Europa desde mayo. Por ende, es lamentable que un país donde hay más de un centenar de presos políticos y donde apenas se hacen esfuerzos para aplicar normas para proteger la democracia o los derechos humanos, pueda convertirse próximamente en uno de los mayores aliados gasísticos de Europa.  Sin embargo, lejos de escuchar los gritos de los opositores al régimen de los Aliyev, Europa y Estados Unidos, que apoya incondicionalmente el gasoducto, alaban a la opresora dinastía. Pero para Occidente, negociar con el gas azerí y turco –pues la ‘tubería’ cruzaría Turquía de este a oeste- serviría para impulsar la economía de estos dos países en detrimento de Rusia y China.

Rusia conoce perfectamente la jugada y Putin, en su descontrolado afán anexionista, ha anunciado que el Cáucaso es la región que más le interesa para poder controlar desde Moscú. Sin embargo, la UE ya se ha pronunciado y ha manifestado que frenará cualquier intento de Rusia de interferir en la región y, especialmente, “en el Corredor de Gas del Sur”. Y es que, a pesar de los recortes y de la difícil situación por la que pasan las arcas públicas europeas, este macroproyecto se ha catalogado ya de “interés común” para toda la Unión y a él se van a destinar miles de millones de euros en los próximos años. Una vez más, las directrices de EEUU, que pide reducir la dependencia gasística de Europa con Rusia, son fielmente respetadas por Europa. El único motivo por el que construir una obra tan cara y colosal como el gasoducto Caspio-Italia es debilitar a Moscú como potencia mundial, aunque este propósito perjudique a millones de ciudadanos europeos y rusos y desencadene conflictos en regiones fronterizas e incluso internas, pues en el norte de Italia ya han surgido plataformas ciudadanas que se oponen vehementemente al proyecto.

El fracking en el punto de mira

Y todo esto con España de fondo, pues ha sido el país elegido para convertirse en el nuevo distribuidor de gas cuando la UE decida ‘independizarse’ de Rusia. ¿Del gas procedente de África? Sí. Pero también como “almacén” del gas estadounidense que, como siempre, será el gran beneficiado del conflicto. De hecho la “Iniciativa Global de Gas de Esquisto” de EEUU está en plena búsqueda de mercados para vender el gas extraído de las rocas. Está técnica que suena tan prometedora esconde el problemático, contamínate y peligroso fracking o fractura hidráulica que tanto está dando que hablar en los últimos meses. España ya ha firmado acuerdos con estas empresas estadounidenses para exportar y almacenar gas durante los próximos 25 años. Además, y para más inri, el gobierno de Rajoy ya manifestó su apoyo total a esta peligrosa técnica y el Congreso, hasta en dos ocasiones y gracias a su mayoría absoluta, avaló que España se convierta en un país productor de gas mediante fracking.

En definitiva, el conflicto está servido. Una vez más, los ciudadanos nos convertimos en marionetas que vamos de un lado a otro a causa de los vaivenes de las superpotencias y de las decisiones de nuestros políticos, más preocupados en contentar a las grandes multinacionales energéticas que en ayudar a su empobrecida ciudadanía.


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