2 de octubre de 2014

La noviolencia como respuesta

A pesar de las discusiones que sigue provocando la noviolencia entre sus partidarios y detractores, esta forma de resistencia se ha convertido en un estilo de vida para muchos activistas que se inició con victorias tan relevantes como las impulsadas por Gandhi o Luther King. Hoy en día, la lucha contra los desahucios o el movimiento en contra de la reforma del aborto son dos claros ejemplos de que esta estrategia funciona


“Las revoluciones noviolentas han tenido más porcentajes de éxito que las violentas”. Así lo afirma Jesús Castañar, autor de Teoría e Historia de la Revolución Noviolenta. Sin duda, su aseveración resume una de las discusiones que la izquierda revolucionaria ha tenido siempre y que oscila entre la legitimidad del uso de la violencia o la eficacia de las estrategias noviolentas para conseguir los fines que persigue. Toda la historia de logros del movimiento obrero y de los movimientos sociales podría reducirse a este dilema. 

Hoy jueves, 2 de octubre, se celebra el Día de la No-Violencia. El porqué de esta fecha se debe a que coincide con el aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi, líder del movimiento de la Independencia de la India y pionero de la filosofía y la estrategia de la “noviolencia”. Traducido literalmente del sánscrito ahimsa (a- como partícula negativa y ‘himsa’, violencia, es decir, fuerza que causa daño), este concepto de noviolencia, fundamental en la religión jaimista y muy importante en la budista, fue introducido en Occidente por Gandhi para conectar la filosofía religiosa con sus necesidades políticas revolucionarias igual que había hecho su maestro León Tolstói al vincular su pacifismo cristiano con una acción revolucionaria sin violencia basada en la desobediencia. Fue entonces cuando desde ámbitos activistas se acogió esta grafía para distanciarse de la mera idea de la negación de la violencia. 

La noviolencia en España
España siempre ha sido un país donde la noviolencia ha tenido muy buena acogida e importantes victorias. En los últimos tiempos, la capacidad de movilización, así como la creatividad y originalidad de sus acciones ayudaron a renovar por completo las herramientas de acción y agitación de los movimientos sociales y su legado noviolento sigue estando muy presente en las manifestaciones del 15M, las diferentes mareas por la sanidad y la educación públicas y, especialmente, en las acciones de la PAH y su #StopDesahucios

Quizá la próxima acción colectiva noviolenta se vea en Cataluña el próximo 9 de noviembre, día en el que se ha convocado el referéndum por el derecho a decidir y que, ipso facto, fue prohibido por el Tribunal Constitucional. Si CiU, ERC y el resto de fuerzas que defienden la consulta deciden instalar las urnas y llamar a la ciudadanía a participar, estaremos ante un claro ejemplo de desobediencia civil. 

Pero, sin duda, y como bien recoge Castañar en su libro, esta discusión sobre desobediencia civil y noviolencia se vio renovada y potenciada en España “con la irrupción de un potente movimiento antimilitarista y la campaña de insumisión en los años ochenta y noventa”. La campaña de insumisión como tal fue una estrategia de desobediencia civil tanto al servicio militar obligatorio como a la prestación social sustitutoria que, formalmente, comenzó el 20 de febrero de 1989 y que no concluyó hasta el 31 de diciembre de 2001, fecha en la que se suspendió el servicio militar en todo el país. 

A pesar de que fueron muchas las organizaciones que apostaron por este objetivo, fue el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), una organización antimilitarista y con una filosofía revolucionaria de la noviolencia quien diseñó las pautas principales de esta larga campaña, aunque también es cierto que el propio MOC nació en torno a esta campaña de desobediencia civil, pero sobrevivió al fin del servicio militar obligatorio –y todavía resiste- como una forma de lucha contra la militarización en otros muchos aspectos de la sociedad.  Estos movimientos bebían de autores y experiencias de distintos países, se inspiraban en Gandhi y hacían suyos los valores de otros movimientos coetáneos como los que rechazaban las guerras de Argelia y Vietnam en Francia y EEUU. 

Aun así, el antimilitarismo contaba con una larga tradición en España, ya que a lo largo del siglo XIX había arraigado en la lucha contra el sistema de reclutamiento conocido como quintas. Ese modelo permitía librarse del servicio militar a las clases adineradas mediante el pago de un sustituto. Más adelante, durante la Segunda República, surgieron algunos grupos pacifistas como la Orden del Olivo o la Liga de Refractarios a la Guerra e incluso se llegó a poner en marcha una campaña de insumisión al servicio militar de carácter netamente antimilitarista. 

La noviolencia en Gandhi
El filósofo estadounidense Henry David Thoreau fue el primero que teorizó sobre la resistencia pasiva y la desobediencia civil. Según él, únicamente la responsabilidad individual puede guiar el destino de la humanidad, que en ningún caso debe someterse a la autoridad de un gobierno civil. Encarcelado por no pagar sus impuestos, Thoureau afirmaba que “bajo un gobierno que encarcela injustamente, el lugar del hombre justo está en la cárcel”. 

Gandhi conoció las obras de Thoreau en su paso por la cárcel en 1908. Curiosamente, también había sido encarcelado por negarse a pagar los impuestos que el gobierno sudafricano cobraba a los indios. Así que decidió estudiar las teorías del filósofo estadounidense, influenciadas asimismo por textos sagrados hindúes y budistas. De todos modos, Gandhi nunca renunció del todo al uso de la fuerza: “Preferiría que la India defendiera su honor por la fuerza de las armas que no que asistiera exánime y sin defenderse a su propia derrota, sin embargo, ello no quita que yo crea que la noviolencia es infinitamente superior a la violencia y que la clemencia es más noble que el castigo”. 

Aun así, con el paso del tiempo comprende que la fuerza no es más que la guerra que cada uno debe desencadenar en sí mismo. Por eso, defendiendo la verdad y no haciendo sufrir al adversario, sino sufriendo en sí mismo, Gandhi apoya que no se renuncie en ningún caso al uso de la fuerza, pero milita por una “fuerza anímica” que mantenga intactos los cuerpos: “La no violencia no consiste en renunciar a la lucha real contra el mal. La no violencia, tal como yo la concibo, es por el contrario, frente al mal, una lucha más activa y más real que la ley del talión, que por su propia naturaleza desarrolla la perversidad”. Sus huelgas de hambre o la popular Marcha de la Sal en contra del impuesto que el Gobierno Británico imponía a este producto, ya que la producción de sal era monopolio del gobierno, fueron clave de cara a conseguir la independencia de la India.

La evolución de Luther King
La historia de la lucha de liberación de los afroamericanos estuvo marcada por la violencia desde las primeras revueltas del siglo XVII, y de Nat Turner a Marcus Garvey o Malcolm X la insurrección armada aparece como una opción privilegiada. La iglesia cristiana afroamericana se opone al uso de la violencia y de ella se erige la figura del pastor Martin Luther King, un teólogo del amor cristiano que prohíbe hacer al prójimo lo que uno no quisiera sufrir en su propia carne. 
Sin embargo, Luther King nunca fue dogmático y en realidad su conversión a la no violencia data de la experiencia política que vivió en 1955-1956, cuando organizó el boicot de los negros a los autobuses de Montgomery en respuesta a la detención de Rosa Parks, culpable de haberse negado a ceder su asiento a un blanco en un autobús. Al comprobar la eficacia de esta forma de lucha (el púlpito y la calle), formula acto seguido su teología de la resistencia pasiva.

El descubrimiento de la obra de Gandhi representó para él un avance notable hacia la reconciliación del cristianismo con el reformismo social. En su autobiografía, recuerda que se disponía a renunciar al pacifismo cristiano cuando se percató de la fuerza del mensaje de Gandhi y su pertinencia para la emancipación de los negros de EEUU. En 1958, de vuelta a EEUU tras una peregrinación en la India, escribe: “A medida que pasaban los días, la doctrina cristiana del amor al prójimo, puesta en práctica por el método de la no violencia que enseñó Gandhi, se convirtió en una de las armas más temibles de que disponían los negros […] La filosofía de la no violencia de Gandhi es el único método moral y concretamente válido para los pueblos oprimidos que luchan por su libertad.”

Sin embargo, la evolución y eficacia de la noviolencia impulsada por Luther King vino de la mano de la televisión. La entrada de este electrodoméstico en los hogares estadounidenses desempeñó un papel determinante en el resultado de la campaña por los derechos civiles que los afroamericanos habían impulsado en el sur. La muchedumbre racista y hosca del sur aparece en las pantallas como una horda salvaje: las imágenes de mujeres y hombres jóvenes negros desarmados, barridos por los cañones de agua a presión contra incendios y los furiosos perros de la policía en Birmingham en 1963 turban a todo el país, incluida la Casa Blanca. La entrada de la violencia en el espacio mediático provoca el rechazo del público. La imagen de la injusticia hace que el telespectador se sienta incómodo y, por tanto, inclinado a pesar de sus ideas a simpatizar con los manifestantes pacifistas. 


En definitiva, son cientos los ejemplos de actos de noviolencia y desobediencia civil que han terminado con éxito en todo el mundo. El último, sin duda, la lucha contra la reforma del aborto en nuestro país. Y es que, en muchas ocasiones, responder con resistencia pasiva a la violencia que ejerce el Estado o el sistema es la mejor solución para hacer más visible la injusticia que se combate. La violencia engendra más violencia, por tanto, lo que se obtiene mediante el uso de la fuerza solo se puede mantener mediante la represión. Y, como bien dijo Gandhi, la única forma que tiene la humanidad de liberarse de la violencia, es por medio de la noviolencia.

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