Hace unos días saltó la noticia: el Gobierno reducirá la velocidad máxima en las autovías y autopistas a 110 km/h a partir del 7 de marzo. Y después de escuchar a Rubalcaba, los españoles (muchos, pero no todos) se pusieron las orejeras para empezar a ladrar en contra de la nueva normativa. Pues a mí me parece una medida necesaria, teniendo en cuenta lo que está ocurriendo en todo el norte de África y en la península arábiga. Pero claro, los que ladran no tendrán ni idea de cómo nos afectan todas esas revoluciones y pensarán que el petróleo se crea en las fábricas, porque si no, no entiendo tanto revuelo.
Tampoco voy a negar que sea un tema impopular, porque para mucha gente, como dice Ignacio Escolar en su blog, “la velocidad es una droga más sagrada que cualquier religión, el coche es un apéndice sexual que nadie puede atreverse a recortar y adelantar a todo gas es una metáfora de éxito social”. Pues siento deciros que reducir la velocidad máxima es de las pocas medidas que realmente funciona para rebajar la factura del petróleo y mejorar nuestra desproporcionada balanza comercial.
Y es que España, teniendo en cuenta cómo está la situación en Libia (la producción de petróleo se ha paralizado más de la mitad), tiene que reducir su consumo energético sea como sea. Aunque dependemos de varios países, desde Libia nos llega un 13% de nuestra energía. Hay reservas y por ahora no vamos a tener problemas de consumo, pero no hay duda de que van a subir los precios considerablemente, y eso no lo podemos controlar. Así que no queda otra que mejorar la eficiencia energética.

Lo que tampoco puede nadie discutir es que a menos velocidad, menos consumo. El rozamiento dinámico (neumáticos + aire) aumenta según la velocidad, es decir, cuánto más rápido se va, más rozamientos hay que vencer, lo que se traduce en gasto de de energía. Esto quiere decir que, aunque no ocurra en la totalidad del parque móvil, prácticamente todos los coches consumen menos a 110 que a 120 km/h. Al fin y al cabo es muy poco tiempo el que se pierde en cada viaje, pero supone mucho dinero ahorrado. El que antes iba a 120, seguramente lo seguirá haciendo (y no será multado porque los radares permiten 14 km/h más de la velocidad establecida), pero con los precios de la gasolina tal y como están, cada vez es más la gente que circula más despacio de forma voluntaria.
Además, esta medida se ha empleado en otras ocasiones (y países) y ha resultado muy efectiva. La inventó el presidente Nixon, del partido republicano, durante la primera crisis del petróleo. En enero de 1974, firmó una ley limitando la velocidad máxima a 90 km/h con el fin de reducir el consumo de petróleo durante la crisis petrolífera. ¿Será Estados Unidos otro país ‘soviético’ como ha alegado González Pons? En aquel momento, España no tenía límite de velocidad en sus carreteras, pero fue en ese mismo año, 1974, cuando quedó establecida en 130 km/h. En 1976, con la segunda crisis del petróleo, la velocidad máxima permitida pasó a ser de 100 km/h y, finalmente, se estableció el límite de 120 km/h en 1981.
Ahora me pregunto, ¿qué parte de culpa tienen las automovilísticas de que se arme este revuelo? Si llevamos 30 años con un mismo límite máximo de velocidad, ¿por qué fabrican coches que alcanzan los 180 km/h de velocidad punta y seis marchas? La primera ley que debería firmarse son limitadores de velocidad en los vehículos de nueva fabricación a 120 km/h. Se acabarían pronto todas estas quejas. Porque está más que demostrado que los conductores no sabemos conducir, aunque creamos que “dominamos”. Fernando Alonso puede poner un coche a 150 km/h en una recta, sin viento y sin tráfico con total seguridad. Pero él no necesita señales para saber cuál es la velocidad segura en cada tramo. Por desgracia, nosotros no estamos tan bien preparados. Ser buen conductor necesita muchos años de experiencia. Hay conductores que no saben conducir con 60, al igual que casi ninguno lo hace bien con 20, por mucho que digan. Pero, ¿cómo saben ellos que son un peligro?
Después, esta limitación trae otra serie de ventajas como puede ser la mejora de la seguridad vial (a menos velocidad, accidentes menos graves) y se puede implantar en el acto, algo que supone poco gasto para la efectividad directa que produce. Además, controlamos los precios del petróleo, ya que, por mucho que diga el Gobierno, no se puede asegurar el suministro, algo que está conllevando el aumento de los precios para ajustar la falta de oferta.

Por su parte, la Confederación Nacional de Autoescuelas (CNAE) aplaude la reducción a 30 km/h en el casco urbano. Destacan que aproximadamente 900 peatones pierden la vida cada año en accidentes de tráfico en España y que, con esta medida, esta cifra podría reducirse. “Los estudios demuestran que cuando el atropello se produce a 32 km/h hay un 5% de probabilidades de que sea mortal, pero si el vehículo dobla esa velocidad, alcanzando los 64 km/h, dicha probabilidad aumenta hasta el 85%”, según señala el presidente de CNAE, José Miguel Báez.
Argumentos en contra
Después de hablar de las ventajas que, a mi modo de ver, tiene esta normativa, recordemos que temporal, de situar en 110 km/h la velocidad máxima en autovías y autopistas, voy a hablar también de algunos de los argumentos en los que se apoyan los detractores de la medida. El principal de todos es que con esta norma el Gobierno no tiene más objetivo que el de recaudar dinero de las multas. Tiene fácil solución: respetad la velocidad y no os multarán. Si os creéis más listos que nadie, pagaréis vuestra osadía.

Otras manifestaciones contrarias a la norma son el coste de la medida (250.000 euros en pegatinas), aunque si es cierto que vamos a ahorrar 1.400 millones de euros al año como dice el Gobierno, el gasto es irrisorio. Incluso si después el ahorro es sólo de la mitad. También hay quien alega que es una acción más contra el uso del coche privado. ¿Y? Sinceramente, no me parece un argumento discutible, porque se puede seguir usando de la misma manera, sólo que algo más despacio. Igual que los que dicen que los países de la Unión Europea no han aplicado medidas similares. Está bien, pero también la gasolina es más cara en casi todos y se respetan de verdad los límites de velocidad. Además, los 110 km/h se aplican en países como Australia, Suecia, Reino Unido u Holanda.
¿Y el tiempo que voy a perder?, dicen algunos. No me parece tanto en referencia al ahorro energético que supone. Ahí van los datos:
- 80 km: 4 minutos más
- 100 km: 5 minutos más
- 200 km: 9 minutos más
- 400 km: 18 minutos más
¿Otras medidas más eficaces? Claro que las hay, como cursos de conducción eficiente o incentivar el desguace de coches de consumo alto y viejos por otros más modernos y eficaces. No lo niego. Aun así, quiero recordar que junto a esta medida el Gobierno ha anunciado reducir un 5% el precio de los billetes de tren de Cercanías y media distancia, ¿por qué no pensáis en usar un poco más el transporte público y un poco menos el coche? Todos saldríamos ganando.
Artículo dedicado a mi amigo Pedro Díaz ;D